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Full text of "Nuestra novia : comedia en tres actos y en prosa"

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A.nsrTonsrio paso 

NUESTRA NOVIA 

COMEDIA 

EN TRES ACTOS Y EN PROSA, ARREGLADA A LA ESCENA ESPAÑOLA 
DE LA OBRA ALEMANA "DAS WUNDERMITTEL" 

DE 



MADRID 
SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES 
Galle del Prado, núm. 24. 
19 22 

3 



Digitized by the Internet Archive 
in 2014 



https://archive.org/details/nuestranoviacome4203fuld 



NUESTRA NOVIA 



Esta obra es propiedad del autor, y 
nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla 
ni representarla en España ni en los países 
con los cuales se hayan celebrado, o se ce- 
lebren en adelante, tratados internaciona- 
les de propiedad literaria. • 

El autor se reserva el derecho de tra- 
ducción. 

Los comisionados y representantes de la 
Sociedad de Autores Españoles son los en- 
cargados exclusivamente de conceder o ne- 
gar el permiso de representación y del co- 
bro de los derechos de propiedad. 



Droits de representation, de traduction et 
de reproduction réservés pour tous les pays, 
y compris la Suéde, la Norvége et la Hol- 

lande. 



Queda hecho el depósito que marca la ley. 



NUESTRA NOVIA 



COMEDIA 

EN TRES ACTOS Y EN PROSA. ARREGLADA A LA ESCENA ESPAÑOLA 
DE LA OBRA ALEMANA "DAS WUNDE3MITTEL" DE 
LUDWIG FULDA 

POR 

/ 

.A.3ST T OIS!" I O PASO 



Estrenada en el TEATRO DE LA COMEDIA 
el 8 de Junio de 1922 



Edición especial sólo para el servicio 
de las compañías de provincias 



MAIjHIL) 

Establecimiento Tipográfico de J. Amad* 
Pasaje de la Alhambra, 1. 

TELÉFONO 18-40 

1922 



Repart o 



PKHSONAJES 


ACTORES 


JULIA 


... Aurora Redondo. 


CONDESA 


,.. Juana Gil Andrés. 


CLOTILDE 


Carmen Sanz. 


ROMANA 


Carmen Andrés. 


UNA MUJER ELEGANTE 


... Carmen Granda. 


UNA JOVEN DELGADA 


... Carmen Navascués. 


UNA CRIADA 


.. Isabel Redondo. 


PLACIDO CORTES 


Valeriano León. 


LAZARO DURANGO 


... Jesús Tordesillas. 


LUIS DEL OLMO 


,. Manuel Luna. 


PIGMALION MASCARELL... 


... Antonio Gimbernat. 


COMELLA 


Federico Górriz. 


ZAMBRUNO 


Carlos Viaña. 


FELIPE 


Andrés Tobías. 


UN JOVEN NERVIOSO 


... Joaquín Roa. 


UN ANCIANO 


Carlos ThibauL 


UN SEÑOR GORDO 


Rafael Terry. 


CANDIDITO 


Antonio Bruña. 


JUAN 


Francisco Luna. 


UN CAMARERO 


Obdulio García. 



EPOCA ACTUAL 



Aoto primero 



Modestísima habitación en un cuarto interior de los 
barrios bajos de Madrid. Al foro, la puerta de entrada 
al piso. A la derecha, una ventana grande que da a un 
patio. Junto a la ventana, y de espaldas al público, un 
caballete con un gran cuadro. Ante el caballete, una 
gondolita, sobre la que hay una paleta de pintor, caja 
de tubos de colores, pinceles, etc., etc. En el rincón de 
la habitación, varios cuadros sin marcos apilados unos 
y otros colgados en la pared. En primer término dere- 
cha, una mesa cuadrada de pino, sobre la que hay va- 
rios libros y [ráseos de diferentes tamaños y colores. 
Ante la mesa, un gran sillón de cuero desvencijado. En 
la lateral izquierda, dos puertas, y entre ellas una silla 
de esparto, usadísima. En el testero de la derecha, un 
cuadro con un diploma de la Facultad de Medicina, y en 
el testero del ¡oro, a la izquierda, otro gran cuadro con 
un retrato antiguo de mujer. Conjunto pobre, pero muy 
limpio. Es de día; el sol entra a raudales por la ven- 
tana. 

(Al levantarse el telón LAZARO, de unos 
veintinueve a treinta años, figura que está 
pintando junto al caballete; al mismo tiempo 
silba un fostrox de moda. A los pocos mo- 
mentos, por la puerta del foro penetra RO- 
MANA, de unos cuarenta y cinco años, bien 
conservada, vestida pobremente pero limpia; 
trae en la mano unos cuantos recibos.) 

Romana (Sin entrar del todo.) ¿Hay licencia? 

Lázaro ¡En! ¿Quién? (Bajando al proscenio.) ¡Ahí 
¿Es usted, simpática Romana? 

Romana La misma que viste y calza ; y ya puede us- 
ted suponerse a lo que vengo. 



— 6 — 



Lázaro 

Romana 

Lázaro 

Romana 



Lázaro 

Romana 
Lázaro 

Romana 



Lázaro 

Romana 
Lázaro 

Romana 



Lázaro 
Romana 



Lázaro 



Romana 
Lázaro 



Me lo sospecho : algo así como una avanza- 
da del Juzgado municipal. 
Como eso; sí, señor. 
Bueno, pero es que... 

(Corlándole.) Me sé de memoria lo que me 
va usté a decir : Que de un momento a otro 
va usté a vender ese cuadro y va a correr 
aquí el dinero como el agua por el Manza- 
nares. 

¡Qué Manzanares! ¡El Pactólo, amiga Ro- 
mana, el Pactólo! 

A mí no me venga usté con camelos. 
El Pactólo es un río legendario que tiene are- 
nas de oro. 

Pero como da la coincidencia de que pa, el ad- 
ministrador no corre más Paztolo que el re- 
cibo pagao, si no abonan los atrasaos y el 
corriente inclusive, dentro de tres días reci- 
birán la papeleta de desahucio, y en vez de 
río tendrán ustedes el arroyo pa correr lo que 
gusten. 

Retenga usted todo lo que pueda la contes- 
tación. 

Cuando yo le digo a usté que no puedo más... 
Plácido salió temprano y quizá vuelva con 
dinero. 

¡El señorito Plácido ! ¡Otro ensoñador! Cuán- 
to más valdría que en vez de dedicarse a las 
Medicinas, y a las sacarinas y a las fuchi- 
nas, que toas esas son pamplinas, inventase 
un parche pa las botas, que eso le produci- 
ría un dineral. 

No diga usted sacrilegios, señora Romana. 
Serán sacrilegios, pero tengo yo un conoci- 
do que ha inventao unos polvos que lo mismo 
se limpia usté con ellos los metales que la 
dentadura... Bueno, pues toas las mañanas 
se va por esas calles de Dios, con un gorro 
turco y una campanilla, diciendo que acaba 
de llegar de la Arabia y que se ha dejao el ca- 
mello en el Hotel Palas, y rara es la tarde 
que vuelve a su casa sin catorce o quince pe- 
setas. 

(En digno.) Plácido no necesita recurrir a 
esos extremos. Plácido es una persona de ta- 
lento, de porvenir... 

¿De porvenir?... Pues ya no es ningún niño. 
Tampoco es viejo. Créame usted, Plácido es 



— 7 — 



un químico notable. Cualquiera de sus fór- 
mulas vale un tesoro. 

Romana Pues a ver si encuentra la fórmula de alio- 
nar estos recibos. 

Lázaro La encontrará... Calle, me parece que... (Ha.- 
ciendo como que escucha.) Sí, debe ser él... 
(Por la puerta del loro entra PLACIDO: traje 
raído, gabardina inverosímil, sombrero flexi- 
ble; entra nervioso y sin darse cuenta de que 
está Romana, le dice a Lázaro.) 

Plácido ¿Tienes ahí tres setenta y cinco? 

Lázaro i Cómo! 

Plácido Tres setenta y cinco, ¿no lo oyes? 
Lázaro ¿Para qué? 
Plácido Para pagar el coche. 
Lázaro (Asustado.) ¿Pero has venido en coche? 
Plácido En coche; un desprendimiento. 
Lázaro Pues ya podías guardarlo para mejor oca- 
sión. 

Plácido (Enseñándole la suela de una de las botas. 

desprendida casi totalmente.) Sí; pero es que 
mira qué desprendimiento. 

Lázaro (Aparte, indicando a Romana.) ¡Chits! Disi- 
mula que... 

Plácido (Viéndola y disimulando.) ¡Ah! ¿Estaba us- 
ted ahí? 

Romana Hace un rato, y por lo que oigo pa ná... por- 
que usté no trae un céntimo. 
Plácido Ni uno... ¡Ah, pero traigo coche! 
Lázaro Que te va a costar ir a la Prevención. 
Plácido Pero voy en coche. 

Romana ¿Pero por qué lo ha tomado usted, hombre 
de Dios? 

Plácido ¿Y qué quiere usted que hiciera? Tenía que 
hacer unas visitas de cumplido, tropecé en la 
calle de Alcalá, y fíjese... si doy dos pasos 
más voy hollando el pavimento con el cal- 
cetín. 

Romana Haberse llegaó aquí a ponerse las del seño- 
rito Lázaro. 

Plácido ¡ Imposible ! Las botas de Lázaro son las mis- 
mas que las mías. 

Romana ¿Un par de botas para los dos? 

Lázaro Nosotros somos muy modestos. 

Plácido Con una bota cada uno tenemos bastante. 

Romana Bueno, yo lo siento mucho; pero... 

Plácido (Sin dejarla acabar.) No lo sienta usted, por- 
que tal día como hoy han terminado núes- 



— 8 — 



Lázaro 
Plácido 



Romana 
Plácido 

Romana 

Plácido 

Romana 



Plácido 



Romana 



Lázaro 
Romana 

Lázaro 

Romana 

Plácido 

Romana 



Plácido 
Lázaro 
Romana 



tros apuros. Dentro de una hora vendrá el 
señor Mascaren, que ha ido al Banco a sa- 
car un dinero... 

(Con alegría.) ¡Cómo! ¿Has conseguido? 
Sí; he conseguido venderle mi fórmula quí- 
mica... perdiendo, claro está... pero lo prin- 
cipal es que cesen nuestros agobios, que ten- 
gamos dinero, mucho dinero... Conque mi 
distinguida Romana, haga usted él favor de 
darle al cochero tres setenta y cinco, que el 
tiempo corre y no hay nada que corra más 
que un coche parado. 
Tres setenta y cinco, ¿verdad? 
Tres setenta y cinco, que dentro de poco se- 
rán muchas más. 

No, gracias. Ya saben que a ustedes no les 
tomo propinas. 

Digo, que serán más si no baja usted en se- 
guida y las abona. 

Ah, por eso no hay que apurarse... ahora ve- 
rán... (Sale por la puerta del foro y se la oye 
gritar.) Felipe... Felipe... Dale al cochero que 
hay en la puerta tres setenta y cinco, que en 
seguida bajo... (Al oírlo, Plácido da un sus- 
piro de satisfacción; Romana vuelve a en- 
trar.) Ea, ya está arreglao. 
Un camión de gracias, mi buena Romana, 
y ya lo sabe usted, lo que tarde en venir el 
señor Mascaren*... 

No me van ustés a creer; pero yo me ale- 
gro más de esto que si me hubiese tocao la 
lotería. 

Ya sabemos que usted nos aprecia. 
Mucho, sí, señor; y eso que usté me ha 
ofreció una cosa que nunca me la cumple. 
¿Yo? (Recordando.) ¡ Ah, sí, el retrato! ¿Ver- 
dad? 

El retrato. 

¡Un retrato de Romana! 

Cá, no, señor, el mío no ; una ya no está pa 

retratos. Es el de mi hombre. 

(Esto lo dirá casi cayéndosele la baba, como 

vulgarmente se dice.) 

De Felipe. 

Justo, de su marido... se lo ofrecí... 

Y si viera usté las ganas que tiene él de que 

lo llame usté pa que «repose», como usté 

dice... 



— 9 — 



Plácido 
Romana 
Lázaro 
Romana 

Plácido 
Romana 



Plácido 
Romana 



Plácido 



Lázaro 
Plácido 
Romana 



Plácido 

Romana 

Lázaro 
Plácido 



Lázaro 
Plácido 



Lázaro 
Plácido 



¿Pero se va a retratar vestido de guardia? 
Claro que sí. 

Y estará muy bien. 

Eso... feo está que yo lo diga; pero como es 
tan guapo... 

¿Sigue usted tan chalada por él? 
Chalá es poco... pero es que hay que ver el 
tipo que tiene ; lo delinean y no le sacan ni 
parecido... porque es que lo reúne tó... ojos 
de ensueño, boca pequeñísima, cutis de se- 
dalina, una conversación que es un arrullo 
y un mirar que es un tósigo. La otra tarde, 
que salió con el uniforme recién planchao, 
lo confundieron con eL gobernador militar. 

Y luego con esos cinco lunares... 

Siete. Cinco en el óvalo de la cara, uno en 
la columna vertebral y otro en... la base de 
la columna. 

Bueno, yo me refería a. los que se le pueden 
contar. Pues nada, nada, dígale al señor Fe- 
lipe que suba hoy mismo para que Lázaro 
le empiece el retrato. 
(Aparte a Plácido.) Estás loco. 
(Idem.) Cállate, ya te diré por qué. 
¿De veras? Muchas gracias, señorito Láza- 
ro. (A Plácido.) Y a usté también, muchas 
gracias, y a la señorita cuando la vea subir 
también se las daré. ¡ Ay que alegría va a 
tener mi Felipe! ¿Pues y la mía? Y que en 
cuanto que lo acabe lo cuelgo encima de la 
cabecera de la cama y le doy a un trapero el 
San Cristóbal que tengo ahora. 
Nada de eso; ese retrato debe usted de po- 
nerlo en el sitio de honor. 
Pa mí el sitio de honor está encima de la 
cama. Hasta luego. (Hace niutis por el foro.) 
¿Pero qué has hecho? 

Tenerla contenta, que se olvide de los reci- 
bos y de las tres setenta y cinco, porque ¿tú 
recuerdas las bolas del puente de San Isidro? 
Sí. 

Pues lo de Mascarell viene a ser una cosa 
así, de un tamaño como si las reunieran to- 
das. 

(Desfallecido.) Mentira. 

Mentira, sí, querido Plácido. He estado en su 
casa, en la droguería, y en ninguno de los 
dos sitios lo he encontrado : en una y otra 



— le- 
parte lie rogado que cuando vaya le digan 
que no deje de verme hoy mismo; estoy dis- 
puesto a venderle mi fórmula en lo que le 
dé la gana. 

Lázaro -Y por qué has mentido? 

Plácido He mentido no por ti- ni por mí, sino por ella. 

; Por nuestra, niña ! ¡ Por nuestra novia ! ¡ Por 
nuestra hermana! 

Lázaro Oye, oye ; haz el favor de decir por nuestra 
Julia. Que dicho como tú lo dices parecen 
tres personas distintas, y es una nada más. 

Plácido Urja, que tenemos el deber de asistir, de am- 
parar, de proteger, como tres. 

Lázaro ¡Vaya un amparo! Ella es la única que trae 
dinero a esta casa. ¿Dónde están los sacri- 
ficios que juramos hacer por ella? ¿Dónde 
los milagros que por nosotros hizo su ma- 
dre? El milagro ha sido no habernos muer- 
to de hambre, gracias a su sueldo de me- 
canógrafa. 

Plácido Yo confío en mi ciencia y en el porvenir pa-. 
ra pagarla sus sacrificios. 

Lázaro Yo voy perdiendo la fe hasta en mi arte. (In- 
dicando el cuadro que está en el caballete.) 
Mira ese lienzo. Tú sabes a costa de cuántos 
desvelos, a fuerza de cuánto estudio he con- 
seguido darle una perfección que yo creía de- 
finitiva. ¿Y qué ha sucedido? Que cuando, 
obedeciendo vuestras insinuaciones, fui a vi- 
sitar a Cornelia en su Exposición de pintura 
moderna, apenas le hablé del asunto de mi 
obra, se echó a reir y me dijo: «Desengáñe- 
se, amigo; eso de los santos y las escenas 
de costumbres se las toleran a un Ve- 
lázquez o a un Goya, por aquello de que vi- 
vieron hace muchos siglos ; pero hoy no hay 
quien dé dos pesetas por un lienzo como no 
tenga alguna extravagancia.» Y me señalaba 
aquella colección de cuadros que tiene ex- 
puestos y que parecen la obra de un espíri- 
tu burlón o de un desequilibrado. (Pausa. Pa- 
sea. Se detiene frente a Plácido, que ha que- 
dado pensativo frente al cuadro del caballe- 
te.) ¿En qué piensas? 

Plácido En que Cornelia puede que tenga razón. 

Lázaro ¿Qué? 

Plácido Sigue su consejo. Haz tú lo que hacen eso* 
locos. 



— 11 — 



Lázaro ¡Pero si lo he hecho! (Rebuscando entre los 
lienzos apilados y separando uno, que tiene 
pintado un paisaje estilo cubista de lo más 
cubista posible. Fíjense los directores en lo 
que se habla del cuadro para indicárselo al 
pintor. El tamaño debe ser de poco rnds de 
un metro de altura por otro de ancho.) ¡Mi- 
ra : Aquí tienes ! 

Plácido (Retrocediendo asustado.) ¡Qué barbaridad! 
¿Y qué representa eso? 

Lázaro El sueño de un primavera : o el delirio de una 
paleta o lo que quieras. 

Plácido ¿Se lo has llevado a Cornelia? 

Lázaro ¿Cómo había de llevarle este mamarracho? 

Lo pinté el mismo día que estuve en aquella 
Exposición, rabioso por el desaire que aca- 
baba de hacerme. 

Plácido No, si se ve; se ve que está pintado en un 
momento de rabia. 
(Se oye en el foro la voz de JULIA.) 

Julia No, nada... No hay de qué... Y que sea en- 

horabuena. 

Plácido ¡Ella! 

Lázaro ¡ Julia ! 

Plácido Oye, tú ; ni una palabra de lo del desahucio. 

Lázaro Descuida. 

(Por el foro aparece JULIA, joven de unos 
veinte años, fresca, bonita, resuelta, de cara 
inteligente, coqueta en sus modales y de una 
ingenuidad encantadora. Viste un traje muy 
modesto, pero muy bonito, muy limpio y muy 
elegante. Viene contenta y risueña.) 

Julia Apuesto a que estabais pensando en mí. 

Lázaro ¿Cuánto apuestas? 

Julia Un beso. 

Plácido (Besándola en la mejilla.) Has perdido. 
Lázaro (Besándola también.) Has perdido. 
Julia He ganado. 

Lázaro ¿Ganado? 

Julia Sí; he apostado un beso y he recibido dos. 

Plácido (Acariciándola.) ¡Chiquilla! 

Lázaro (Lo mismo.) ¡Muñeca! 

Plácido ¿Ya has salido de la oficina? 

Julia Hace media hora. 

Lázaro ¿Tan temprano? 

Plácido ¿Te han dado permiso, tal vez? 

Lázaro ¿Te sientes enferma? 

Plácido ¿Te pasa algo? 



— 1¿ — 



Lázaro Habla. 

Julia Pero si no- me dejáis. 

Lázaro (A Plácido.) No la interrumpas. 

Plácido (A Lázaro.) ¿Quieres callar de una vez? 

Lázaro (A Julia.) Habla. 

Plácido (Idem.) Habla. 

Julia ¿Sin dejar que me siente? 

Lázaro (Acercando la góndola.) Es verdad. Perdona. 

Plácido (Acercando un sillón.) Perdona. 

Julia (Rechazando \la góndola.) No; la góndola, 

no, que se balancea. (Rechazando el sillón.) 
El sillón, tampoco, que se deshace. (Coge la 
silla.) Aquí, en la silla. Es más segura. ¿Y 
ahora queréis saber por qué estoy de vuelta 
tan temprano en nuestro palacio? Porque 
acabo de renunciar a mi empleo de mecanó- 
grafa. 

Lázaro ¡Eh! ¿Que has renunciado a tu empleo? 

Plácido ¿Qué te ha ocurrido? 

Julia Lo de siempre. 

Lázaro ¿Algún disgusto con tu jefe? 

Julia ¿Disgusto con mi jefe? Al contrario'. ¡Si es 

de lo más amable! ... 
Lázaro ¿Sí? 

Julia Tan amable, que por no estamparle la Yost 

en la cabeza, he tomado el abrigo y me mar- 
ché sin despedirme. 

Lázaro (Indignado.) ¡Cómo! ¿Ese canalla se ha atre- 
vido?... 

Julia Quería atreverse, pero yo le he cortado el 

vuelo. 

Plácido (Subiendo al foro.) ¡Ahora verás! 

Lázaro ¿Adonde vas? 

Plácido ¡A pedirle una explicación! 

Julia No seas loco. 

Plácido ¡Déjame! 

Lázaro Pero ¿adonde vas con esa bota? 

Plácido (Deteniéndose.) Es verdad. (Dirigiéndose a la 
bota.) ¡A ti te debe la vida! 

Julia ¡Jesús! ¿Pero cómo tienes esa suela? 

Plácido Muy mal, ya lo ves ;. un disgusto que he te- 
nido hace poco. 

Julia ¿Con quién? 

Plácido Con un adoquín. Ah, pero no te apures, yo 
voy, aunque sea en chanclas, a hablar con 
ese tipo. 

Lázaro ¡Y yo contigo! 

Julia ¡No digáis tonterías! 



— 13 — 

Plácido ¡Es deber nuestro defenderte! 

Lázaro ¡Y el de todos los ho-mLres dignos! 

Julia (Siempre jovial.) ¡PobreeiLos hombres dig- 

nos si tuvieran que pedir explicaciones a to- 
dos Jos impertinentes que nos molestan! 
¡Creedme! Hoy las mujeres sabemos mucho 
más que antes. ¡Nos bastamos para defen- 
dernos! ¡Os conocemos tanto!... 

Lázaro ¿Tú? 

Plácido ¿Que tú conoces a los hombres? 

Julia Yo, yo. No hay que reirse. ¡De algo había 

de servirme vivir y crecer junto a dos ar- 
tistas ; uno, que con su pincel puede dar vi- 
da a una generación, y otro, que puede ma- 
tarla con sus medicinas! ¡Todos los hom- 
bres sois iguales! No sabéis hablar con una 
muchacha si no es para abrumarla con vues- 
tros piropos- ¡Y es tan aburrido para nos- 
otras oír siempre lo mislmo! Yo, si fuese 
hombre, le hablaría de todo a una mujer me- 
nos de su belleza. ¡Oh! ¡Sois insoporta- 
bles! (Imitando el modo y manera de un 
galán.) ¡Señorita! ¡Es usted absolutamen- 
te distinta de las demás mujeres! Tratándo- 
la se ve que tiene usted una gracia, un en- 
canto, un atractivo tan poderoso... (Volvien- 
do al tono anterior.) ¡Y siempre lo mismo! 

Lázaro (Voluble.; Oye, oye. Tú no pensarás que to- 
dos somos lo mismo. 

Julia En este asunto, todOíSl 

Plácido ¿Nosotros también? 

Julia Vosotros, para mí, no sois hombres. 

Plácido ¡Recuerno! ¿Tú oyes? (A Lázaro.) 

Julia ¡Tontos! Quieiro decir que no os. considera 

como a los otros. Sois para mí mis herma- 
no's. 

Plácido O tus padres, 
Lázaro O tus tíos. 

Julia O mis novios, como os llamaba mi madre, 

cuando yo tenía doce años. 
Plácido Bueno: el resultado es que te has quedado 
sin trabajo. 

Julia No apurarse... Ya saldrá... Entretanto pode- 

mos ir viviendo con mis ahorros... Estamos 
a primeros de me\s... Tenemos la casa pa- 
gada... 

Lázaro (Sin atreverse a mirarla y costándole traba- 
jo.) Sí... 



— U - 



Plácido (ídem.) Si... no la hemos pagado, se pagará- 
Julia (Afirmando.) Tenemos la casa pagada, per- 
qué acabo de abonarle dos meses a la por- 
tera. 

Lázaro ¿Qué dices? 
Plácido ¿Pero tú sabías?... 

Julia Al entrar me encontró a nuestra Romana 

que Le ©ataba ondulando el polo a su¡ Fe- 
lipe. 

Lázaro ¡Mi madre! 

Plácido Va a subir para un concurso de belleza. 

Julia Me dijeron los dos, locos de alegría, lo de! 

retrato y empezaron a hablar mal del ad- 
ministrador porque les había dado orden de 
cobrar o echarnos, y como esta mañana co- 
bré de mi sueldo, recogí estos dos recibos 
y le di, además, tres setenta y cinco de un 
coche; por cierto que no quería tomarlas. 

Lázaro ¡Plácido! 

Plácido ¡Lázaro! 

Lázaro No tenemos vergüenza. 

Plácido Ni vergüenza, ni dinero. 

Julia Dinero, dinero, nada más. 

Plácido (Decidido.) ¡Ah, pero lo tendremos! Juro 
que lo tendremos, aunque necesite vender 
mi título. 

Julia ¡Vaya! ¡Repito que no hay que apurarse! 

Con mis ahorros podremos vivir dos o tres 
semanas!; y durante mis vacaciones, arre- 
glaré nuestro palacio, que buena falta nos 
hace. (Mirando el abrigo que lleva Plácido.) 
Repasaré vuestro guardarropa. 

Plácido ¿Nuestro guardarropa? Si no tenemos más 
que esta gabardina para los dos. 

Julia Precisamente acabo de fijarme que tiene 

unos botones de menos y unas manchas de 
más. Quítatela, que vey a repasarla. (Sube 
a la mesila donde hay un canastillo de cos- 
tura y busca kilos. ' 

Lázaro (A Plácido.) Sólo nos faltaba esto. Julia sin 
colocación. 

Plácido (Quitándose el abrigo y quedándose en man- 
gas de camisa.) ¡Hay que buscar dinero, se;» 
como sea ! 

Julia (Acercándose.) ¿Eh? ¿Secretitps? ¿Qué se 

murmura? 

Plácido ¡Que tú no debes participar de nuestros apis- 
ros! 



— 15 — 



Julia Entonces, ¿para qué vivimos juntos? 

Lázaro Para ayudarte... Y hasta ahora, eres tú la 
que nos ayudas. 

Plácido ¡Nosotros somos unos hombres! 

Julia Y yo soy una mujer. Hora es de que sea 

para vosotros una ayuda y no una carga. 
Pasó el tiempo que necesitaba de vuestros 
brazos para caminar. Quiero probar mis 
fuerzas por si el día de mañana se atravie- 
sa una mujer en el camino de vuestro co- 
razón y reclama esos brazos, que hasta aho- 
ra me han servido de apoyo... 

Plácido Eso no. 

Lázaro Eso no. 

Julia Eso sí. Conque no hablemos más. Gastare- 

mos ahora mis ahorros. 
Plácido No. 

Julia Sí. Con la. condición de que me lo devolve- 

réis cuando se gane dinero. 

Lázaro ¿Y cuándo se terminen tus ahorros? 

Julia ¡Bah! Todavía me queda este medallón (El 

que lleva en el cuello.) que me regalasteis 
cuando cumplí los catorce años. ¿Os acor- 
dáis? 

Plácido Ese medallón te lo regalamos para que en 
su día guardases en él el retrato de tu no- 
vio. 

Julia (Riendo.) ¡Huy! De aquí a entonces, tiempo 

hay para desempeñarlo. (Al ver a Lázaro que 
mira pensativo el cuadro que hay en el ca- 
ballete.) ¿Qué piensas tú? 

Lázaro Que no acertaste cuando dijiste que este 
lienzo sería mi gloria y nuestro porvenir. 

Julia Y no he cambiado de opinión. 

Lázaro Ya cambiarás. La gente no premia ahora la 
aplicación, ni el talento. Sólo se paga de la 
charlatanería. En arte, en ciencias, en po- 
lítica, ¿quién triunfa? El que más habla... ¡el 
que más grita! ¡El mundo es para los charla- 
tanes, para los osados! 

Plácido ¿Para los osados? Pues, ¡ahí del señor Masr 
carell! 

Julia ¿Mascaren? ¿Ese que inventó la pomada pa- 

ra las pecas? 

Píácido Pomada para las pecas, ungüento para ha- 
cer crecer las pestañas y unas pildoras para 
desarrollar los... 'Indicación de los pechos.) 



- 16 — 



Mascarell fué topiquero en un hospital y hoy 
es el rey de los- específicos con su propa- 
ganda embaucadora. El será mi salvador. 
Hasta ahora es el único que reconoce mi ta- 
lento. No tengo más remedio que entregarme 
a. él y contra él voy. (A Lázaro.) Acompá- 
ñame. 
Lázaro ¿Adónde¡? 

Plácido A ver cómo no® arreglamos para, que yo 
pueda, salir ahora mismo a la callea ¡Y... o 
me compra ese hombre mi fórmula quími- 
ca o le pego fuego a la. droguería con un 
explosivo de mi invención! (Se va primera 
izquierda.) 

Lázaro ¡Si yo pudiera vender mi cuadro! (Se mar- 
cha tras él.) 

Julia ¡ Pobrecillos ! (Al retrato que hay a la izquier- 

da del foro.) ¡Ya ves, madre! ¡Hacen todo 
lo que pueden por mí! ¡Y yo por ellos! (Sue- 
nan unos golpecitos en la puerta del ¡oro.) 
¿En? ¿Quién? 

Cornelia (Aparece en la puerta. Es un viejo elegante, 
cuidadosamente retocado.) Buenos días. 

Julia (Sorprendida, retrocede un paso.) ¿Usted? 

Cornelia (Interponiéndose entre la puerta y Julia.) No 
me despida usted sin oirme. 

Julia Pero, ¿cómo se ha atrevido usted? 

Cornelia No tema. Aunque nos sorprenda aquí mi 
amigo Lázaro-, no se enfadará. 

Julia ¡Ah! ¿Le conoce usted? 

Cornelia Mucho. 

Julia (Pausa. Luego, tras un instante de reflexio- 

nar, se determina y dice:) Pase usted. 

Cornelia Muchas gracias- Ya empieza usted a ser ra- 
zonable. 

Julia Baje la voz. Mis hermanos están ahí y no 

quiero que se enteren de lo que hablemost 

Cornelia (Sorprendido.) ¿Sus hermanos? 

Julia (Comprendiendo y con firmeza.) Mis herma- 

nos. 

Cornelia La portera me ha dicho que son ustedes ami- 
gos... nada,. 

Julia La portera dice lo que sabe. 

Cornelia Y la gente se sonríe maliciosamente de lo 
que dice la portera. 

T -ilia La gente puede sonreír como la parezca. Yo 

tengo aquí un testigo que nos conoce y ese 
me basta. 



— 17 — 



Cornelia (Un poco intranquilo.) ¿Un testigo? 

Julia Sí; no se alarme. Es un testigo que no ha- 

bla. (Por el retrato.) Ese retrato. 

Cornelia (Mirando el retrato con un gesto de desdén.) 
¡Qué pintura tan deficiente! 

Julia La pintura, no sé. La que está ahí pintada 

es mi madre. 

Cornelia Perdone mi impertinencia. Fué una protes- 
ta artística. Respeto la figura y abomino del 
pintor. 

Julia Bueno. Usted dirá lo que desea. 

Cornelia Mi presencia en esta casa se lo dice más 
claro que mis palabras. Usted no es una mu- 
jer vulgar. Es usted absolutamente distinta 
a las demás mujeres... 

Julia (Con gesto de disgusto.) ¡Ea! Ya estamos. 

Cornelia ¿Decía usted? 

Julia No... nada. Siga usted. 

Cornelia Seré breve... 

Julia Se lo agradeceré. 

Cornelia De mi fortuna puede darle razón su herma- 
no Lázaro; de mis cualidades, usted se con- 
vencéis... de mi buen gusto, usted es una 
prueba definitiva. 

Julia Y de mi modo de pensar, ¿no ha procurado 

usted enterarse antes de venir aquí? 

Cornelia ¿Para qué? Es usted joven, bonita... y no 
necesito saber más. 

Julia Ni yo tampoco. Esa es la puerta, caballero. 

Cornelia ¿En? 

Julia Que esa es la puerta. 

Lázaro (Sale primera izquierda.) Oye, ¿tienes' ahí 
una aguja gorda, para... (Al ver a Cornelia 
esconde la bota rola que trae en la mano.) 
¡Ah!... 

Cornelia (Cordial, avanzando hacia él.) Lázaro. 
Lázaro ¡Cómo! ¡Usted! ¡El señor Cornelia en mi 
casa! 

Julia Sí... este caballero venía preguntando... 

Cornelia ¡Por usted, amigo mío, por usted! Ya sabe 

que le prometí venir a ver esos cuadros. 
Lázaro (Mirando a los dos con desconfianza.) Sí... 

efectivamente... pero... 
Plácido (Saliendo en zapatillas.) ¿Pero traes esa bota 

o no? (Viendo a Cornelia.) ¿Eh? 
Lázaro (Presentando.) Mi amigo Plácido Cortés. El 

señor Cornelia, propietario de la exposición 

de cuadros ultramodernos... 



— 18 — 



Plácido ¿El que rechazó tu lienzo? 

Cornelia ¡ Ah! ¿Le ha dicho a usted? 

Plácido Sí... hace poco comentábamos... 

Cornelia Pues para que vea usted que, a pesar de io- 
do, creo en su talento, vengo a ver esa ma- 
ravilla, y si efectivamente vale la pena. 

Lázaro ¡Ah! ¿Ha venido usted...? 

Cornelia Con esa. idea nada más. 

Julia (Aparte.) -Pero cómo mienten algunos hom- 

bres ! 

Lázaro (Acercándose al caballete.) Aquí la tiene u*- 
ted. 

Cornelia (Acercándose.) ¿A ver? 
Plácido (Bajo a Julia.) ¡Ay, Julia! 
Julia ¿Qué te pasa? 

Plácido Reza conmigo para que ese hombre no s* 

vaya de vacío. 
Julia Descuida, que ese se lleva lo suyo. 

Cornelia (Indiferente.) ¡Pst! No está mal... No está 

mal. 

Lázaro (Descorazonado.) Diga usted con franqueza, 
que no le gusta. 

Cornelia Mi querido amigo. Ya, conoce usted mi cri- 
terio... En mi salón no tienen cabida esto» 
cuadros de escuela... Allí predomina la nota, 
vibrante, ultramoderna; en una palabra... 
¡la rebelión! 

Lázaro (Nervioso, agarra la paleta.) ¿La rebelión? 

(Se dirige al cuadro con un pincel.) 
Julia ¿Qué vas a hacer? 

Lázaro (Enloquecido, mancha el cuadro.) ¡Dejadme! 
Plácido ¿Estás loco? 

Lázaro No... Dejadme... ¡Esta es mi rebelión! (Si- 
gue manchando el cuadro con el pincel.) 

Cornelia (Enardecido.) ¡No detenedle! (A Lázaro.) 

¡Siga usted! ¡Ahora empieza a tomar vida 
esa pintura! ¡Cubismo! Eso es cubismo... ©■ 
mejor dicho aún, ¡impresionismo! ¡Dadaís- 
mo! ¡Mirad! Es algo de un bosque salva- 
je... ¡de floresta incendiada! De laberinto... 
¡Ahora se ve la garra del león! ¡Ah! ¡Si su- 
piera usted terminar un cuadro así! 

Julia ¡Pobre cuadro! 

Lázaro (Cayendo abatido.) No, Julia, no. ¡Pobr» 

arte ! 

Plárfdo (Asaltado por una idea repentina.) ¡Ah! Es- 
pere usted. ¿Usted quiere algo salvaje? ¿Do 
laberinto? ¿De garra de león? 



- 19 — 



Cornelia Sí. 

Plácido (Poniendo ante su vista el lienzo raro que an- 
tes le mostró Alberto.) Pues aquí tiene usted. 

Cornelia (Serio, después de mirar el cuadro.) ¡Hom- 
bre! Esto es algo más serio. ¿Es obra de us- 
ted? 

Plácido No, señor. Yo no tengo garras. Esto lo hh 
hecho también mi amigo Lázaro. 

Cornelia (Volviéndose hacia él con el lienzo en la ma- 
no.) ¿Y cómo no me ha hablado usted de 
esta joya? 

Lázaro. ¿Joya esa. caricatura? 

Cornelia Amigo mío. Usted no puede comprender to- 
davía el valor que tiene este lienzo. 

Plácido Claro que sí. Y valdrá mucho más en cuan- 
to le añadas unos cuantos colores. Ese án- 
bol colorado está pidiendo unos toques ama- 
rillos, para dar la idea de un estanco, y ten- 
drás cola para adivinarlo. 

Cornelia No. ¡Ni una pincelada! Esta improvisación, 
este fragmento apasionado, esta simplicidad 
es precisamente su atractivo. ¿Me lo cede 
usted para mi exposición? , 

Julia Este señor se burla de nosotros. 

Cornelia No, señorita. Para mí el arte es tan sagra- 
do, que ahoga todas mis pasiones. ¿Com- 
prende usted? 

Julia Cuando usted lo asegura... 

Plácido ¿De modo que lo adquiere usted? 

Cornelia (Sacando su cartera.) Ahí van trescientas pe- 
setas. 

Lázaro ¿Trescientas pesetas poli' ese mamarracho? 
Plácido ¿Pero quién te ha dicho a ti que esto es un 

mamarracho? 

Cornelia Y estoy dispuesto a abonarle el doble por ca- 
da cuadro de este estilo, si me reserva usted 
el derecho exclusivo de exponer sus produc- 
ciones. (Le da el dinero.) 

Lázaro ¿Seiscientas pesetas por cada cuadro? 

Plácido Cuente usted todos los días con un par da 
ellos. 

Cornelia Y no tema usted que nos falten comprado- 
res... ¡Ah! ¿Y el título? 
Lázaro ¿Título de qué? 
Cornelia Del lienzo 

Lázaro El que usted quiera. Lo mismo da ((El cre- 
púsculo de una paleta» que «La ensalada 
rusa». 



— 20 - 



Cornelia (Recapacitando.) No... Ya le tengo. Se llama- 
ra «El valle del delirio». 

Plácido Eso, del delirio... tremens, 

Cornelia Luego vendrá un dependiente a recogerlo; y 
usted, señonta, perdone las molestias que 
haya podido ocasionarle... ¡Si yo hubiese sa- 
bido que nuestro amigo Lázaro poseía, en su 
paleta mágica!... 

Julia Sí, ai; no se canse usted. Por mí, ¡perdona- 

do, y... hasta otra 

Lazara ¿Hasta otra qué? 

Julia Hasta otra ¡pintura, hombre; no seas suspk- 

caz. 

Cornelia (Aparte.) He perdido una aventurilla, pero 
he descubierto un cuadro... ¡Y qué cuadro! 
(Alto.) Mañana habrá cola en mi exposición 
para admirar esa belleza. Buenos días. (Se 
marcha por el loro.) 

Plácido (Cerrando la puerta.) ¡Chico! ¡Yo estoy so- 
ñando ! 

Lázaro Yo estoy lelo. 

Julia Y yo... ¡loca de contento! 

Plácido Después de todo, ¡quién sabe! Este hombre 
no es tonto, y cuando lo paga... ¡Puede que 
tengas una habilidad desconocida para crear 
esas rarezas! 

Julia ¡Se acabaron los apuros! 

Plácido (A Lázaro.) Empieza para ti una nueva era. 

Lázaro Sí. La era del mico. Porque menudos micos 
se van a llevar esos charlatanes. 

Julia ¿Qué dices? 

Lázaro Que desde mañana empezaré a inundar la 
exposición de ese mercader de cuadros ex- 
travagantes, y cuando consiga acreditarlos, 
cuando ese imbécil haga pagar mi firma a 
peso de oro, entonces alzaré mi voz y decla- 
raré ante la faz del mundo que si me presté 
a esta farsa fué... 

Plácido (Interrumpiéndole.) Por comer. 

Julia Eso, hay que pensar en comer. 

Plácido Propongo una excursión a la Bombilla. 

Lázaro Mejor es a la Cuesta,. 

Plácido Di a la portera que pida un automóvil, 

Julia Dejémonos de locuras. Este dinero hay que 

gastarlo con cuentagotas. Voy al café de la 
esquina y vuelvo en seguida. 

Plácido ¿Al café? 

Julia Sí. Comeremos del café... pero en casa. Es 



— ¿l — 



más barato. (Se dirige a la puerta del foro 
y al abrir aparece en el hueco el señar Mas- 
carell.) ¡Ah! 

Los dos ¿Eh? 

Julia Otra visita. 

Mascarell (Hablando con un poquito, peto muy poco, 

de acento catalán.) ¿Esta en casa don Pláci- 
do Cortés? 
Julia Sí, señor. Pase usted. 

Plácido (Con gran alegría.) Es el señor Mascarell... 

Adelante. 
Mascaren Con su permiso. 
Lázaro ¿Tu droguero? 
Plácido Sí. 

Julia Voy por la comida. (A Mascarell.) Con per- 

miso de usted. (Se marcha por el foro.) 

Lázaro Pase, pase y siéntese. 

Plácido (Acercándole el sillón.) Sí. Siéntese usted. 

Mascarell (Sentándose.) Muchas gracias. (Levantándo- 
se de pronto al notar que el sillón vacila.) 
¡ Re v,entosa! 

Lázaro No... no tema usted. Es que este sillón es do 
báscula. 

Plácido Es un mueble antiguo. 
Mascarell Ya... ya se nota, ((por eso». (Tose fuerte.) 
Lázaro ¿Está usted constipado? 
Plácido Cúbrase... 

Mascarell No. Es una, ¡pequeña ronquera crónica que 
tongo de resultas de pnobar todos los medi- 
camentos que se me ofrecen para la tos. De 
la misma manera, me he quedado calvo pro- 
bando pilíferos, 

Plácido Usted sacrificándose siempre por el bien del 
prójimo. 

Mascarell No, del prójimo, no; del negocio. Todos loa 
específicos los pruebo en mí mismo, para po- 
der hablar con certeza de sus cualidades. 

Plácido Creo que los míos no le habrán hecho daño. 

Mascarell No los he probado todavía. 

Plácido ¡No! 

Mascarell Pero como dicen que usted tiene talento, es- 
toy dispuesto a ayudarle. Vengo a hablarle 
de su combinación química. 

Plácido ¿Se refiere usted a mi calmante para los ner- 
vios? Eso no vale nada... Tengo otras. 

Mascarell No me hable de nada más que de esa fór- 
mula. Creo que ya está oficialmente probada 
y no es nociva para la salud. 



Plácido 
Mascarell 



Plácido 
Mascarell 



Plácido 
Mascarell 



Lázaro 

Mascarell 

Plácido 

Mascarell 

Lázaro. 
Mascarell 
Plácido 
Mascarell 



Lázaro 
Mascarell 

Lázaro 
Plácido 
Mascarell 



Plácido 

Mascarell 
Lázaro 



¡Qué ha de ser! Repito que no vale nada. 
Ya... ya me lo figuro. Pero ha tenido usted 
la suerte de que yo tengo un nombre, para 
aplicárselo y que puede ser un río de oro. 
¿Mi medicamento? 

No, hombre; mi título. El medicamento da 
lo mismo que sea el de. usted o el de otro. 
Con tal que no haga daño. 
Permítame usted . . . 

No le permito nada. Usted no tiene idea de 
lo que es la farmacopea moderna. Mezclar 
las sustancias no es ninguna ciencia. Pero 
inventar nombres, títulos raros, que atrai- 
gan, que tengan sonido, que despierten la cu- 
riosidad, ¡carteleros, en una palabra!, es un 
arte mucho más difícil, porque no se apren- 
de en ninguna Facultad. Nace con la perso- 
na. Y en eso no hay quien aventaje por esto 
a Pigmalión Mascarell y Atarazanas l servi- 
dor de ustedes. 

Sí... sí. He oído decir que usted... 

¡Un verdadero fenómeno! 

Bueno, ¿y usted cree que mis tabletas para 

los nervios?... 

Exito brutal, si me vende usteld sus dere- 
chos para todo el mundo. 
¿Y qué nombre piensa usted ponerle? 
Mire, ya lo tengo, pero... 
El señor es como si fuese yo. 
Siendo así... porque hasta que esté patenta- 
do... a lo mejor otro se aprovecha del títu- 
lo y... 

Bueno, acabe. 

Pues lo voy a llamar (Fresedndolo muy bien.) 
La Tranqui-li-na. 
¿La Tranquilina? 
Me suena a cupletista, ¿verdad? 
Pues tiene hasta su poquito de etimología o 
como se diga: el medicamento, ¿para qué es? 
Para tranquilizar los nervios, ¿verdad? La 
persona, una vez que lo tome, ¿cómo se que- 
da o cómo debe quedarse? Tranquila, ¿ver- 
dad? Pues ahí lo tienen ustedes: La Tran- 
quilina, 

Sí, siguiendo ese sistema, si el medicamento 
fuese para hacer dormir... 
Pues La Modorrina, 
Y si fuese para bailar. 



- 2S - 



Plácido 
Mascarell 



Plácido 
Mascarell 
Plácido 
Mascarell 



Plácido 
Mascarell 



Plácido 

Mascarell 
Plácido 

Mascarell 

Lázaro 
Mascarell 



Plácido 

Mascarell 
Julia 

Mascarell 
Lázaro 
Plácido 
Mascarell 



Julia 

Mascarell 
Julia 

Mascarell 
Julia 

Mascarell 
Julia 

Plácido 
Julia 

Mascarell 



La bailarina. (Se ríen.) 

Ustedes búrlense, pero ya notarán el efecto 
del titulito Guando lo vean repetido hasta la 
saciedad por vallas, periódicos, tranvías, por 
todas partes: «La Tranquilina, La Tranqui- 
lina»; dentro de tres meses se conocerá su 
medicamento hasta en el Congo. Yo se lo fío. 
¿Y el precio que me paga usted? 
Tres mil pesetas. 

¿Y un tanto por ciento en las ganacias? 
No, señor. Tres mil pesetas en seco. Me pare- 
ce que es bastante por un poco de bromuro 
y goma aréfbiga. 
(Ofendido.) ¡Oiga usted! 
(Levantándose.) No... si no hay que inco- 
modarse... ¿Conviene? He aquí el cheque. 
¿No conviene? Servidor de usted. 
Espere usted. 
¿Conviene? 

(Después de vacilar, mirando a Lázaro.) Sí. 
(Sacando una estilográfica y un pliego de pa- 
pel del bolsillo.) A firmar. 
Lo traía usted preparado. 
(Mientras Plácido firma.) ¡Claro! ¿Cree us- 
ted que no me sé yo de memoria los escrú- 
pulos de estos inventores? 
(Entregándole el papel firmado.) Ahí tiene 
usted. 

Trato hecha (Dándole el cheque.) 
(Entra por el foro.) Ya está todo arreglado. 
Servidor. (A Plácido.) ¿Esta joven es su...? 
(Sin dejarle acabar.) Hermana. 
Es hermana nuestra. 

Señorita... Preguntaba, porque creo haberla 
visto en la oficina del señor Sotomayor el 
banquero. 

Efectivamente. Hasta ayer pertenecí a esa 
casa. 

Y ahora ¿está usted sin acomodo? 
Sí, señor. 

¿Es usted una buena mecanógrafa? 

Yo creo que sí... 

¿Qué máquinas conoce usted? 

Casi todas. Underwood, Oliver, Royal, Re^ 

mington... 

Singer. 

No, hombre, no... Yost... 

Basta. Con esa tiene bastante. Tengo la re- 



— 24 



Julia 

Mascarell 



Lazare 

Mascarell 
Julia 
Plácido 
Mascarell 



Julia 

Mascarell 



Julia 

Lázaro 

Plácido 



Julia 



Lázaro 
Plácido 
Julia 



presentación en España, Pues bien, si quiere 
la ofrezco una colocación en la clínica del 
doctor don Luis dei Olmo. 
¿Como mecanógrafa? 

Y como secretaria del personal subalterno 7 
secretaria particular. Son ciento cincuenta 
pesetas, manutención y casa. 
¿Casa también? 

Es un cargo de mucha confianza. 
Acepto. 

Un momento. ¿Es casado ese señor? 
Casado y sin hijos. Vive como un prócer y 
es gran admirador de las Bellas Artes. ¡Oh! 
Su galería de cuadros y cacharros exóticos 
es una verdadera maravilla. Conque si le con- 
viene a usted, preséntese esta misma tarde 
sin falta, (le dos a dos y media, y segura- 
mente quedará admitida en el acto. Lleve 
esta tarjeta. (Se la da.) 

(Tomándola.) ¡Oh! ¡Sí, señor! ;Y agrade- 
cidísima ! 

No. No me lo agradezca. Ya sabe usted que 
mi comisión es el setenta por ciento de sus 
tres primeras mensualidades. Señores. Bue- 
nas tardes. (Se marcha por el foro.) 
Este señor no pierde ripio. 
¡Es un vividor! 

jEs un hombre que me coloca frente a la 
fortuna! ¡Sí! Hará mi nombre popular con 
«La Tranquilina» y podré entregarme ahora 
a mis trabajos sin el apremio de la necesi- 
dad. (A Julia.) Mira, tres mil pesetas. (Ense- 
ñándole el cheque.) 

Total, que ha sido un gran día para los tres. 
Así es que vamos a poner la mesa, que no 
tardarán en traer la comida del café. Hay que 
celebrarla con mucha alegría, porque será la 
última por ahora que haremos juntos. 
(Sorprendido.) ¿Eh? 
(Ln mismo.) ¿Cómo la última? 
¡Cloro! Semiramente esta misma tarde to- 
maré posesión de mi nuevo cargo, ¡y a tra- 
bajar todo el mundo! Así llegará más pron- 
to la fortuna... y la felicidad... ¡Los tres es- 
tamos en camino! Conque acercar esa mesa 
mientras voy por el mantel y los cubiertos... 
¡Hoy es día de huelga! ¡Mañana, de labor! 
¡Adelante los luchadores! (Hace mutis por 



la segunda izquierda. Hay un momento de 

pausa.) 

Lázaro (A Plácido.) ¿Has oída? Se va. 
Plácido (Con pena.) Se va. Nos quedamos sin her- 
mana. 

Lázaro ¡Sin hermana! 

Plácido Oye, con franqueza. ¿Tú la quieres nada 

más que como hermana? 

Lázaro (Azorado y eludiendo la respuesta.) Anda, 
vamos a colocar la mesa. (Entre los dos qui- 
tan los cacharros de la mesa y la colocan en 
el centro.) Nosotros debemos pensar en su 
porvenir: así se lo prometimos a su madre. 

Plácido El porvenir de una muchacha es casarse. 

Lázaro (Sobresaltado.) ¿Casarse Julia? ¿Con quién? 

Plácido {Calmoso.) Escucha, Lázaro. Juntos vinimos 
a Madrid desde nuestra provincia ; juntos he- 
mos pasado penas y alegrías... juntos nos hi- 
cimos cargo de esa niña cuando murió su 
madre, que tan! o hizo por nosotros al vernos 
desesperados y sin un céntimo, frente a la 
vida, en este Madrid tan grande y tan indi- 
ferente para los espíritus apocados... Juntos 
la hemos visto crecer... 

Lázaro No sigas. (Nervioso.) A ti te gusta Julia. 

Plácido Como a ti. Pero corno no vamos a reñir por 
ella como dos desconocidos, sea nuestra lu- 
cha franca, leal; o mejor todavía, evitemos 
esa lucha. Hoy ha venido un rayo de sol a 
iluminar nuestro porvenir... debemos se- 
guirlo. 

Lázaro Eso. Debemos exponer francamente nuestra 
situación y que Julia decida. 

Plácido Será ponerla en un compromiso. 

Lázaro No importa ; que ella decida. 

Plácido ¡One ella decida! Lo dices así con una segu- 
ridad de ser elegido. Claro, como tienes unos 
años menos que yo... No muchos, ¿en? Y 
luego un tipo mejor... No mucho, ¿en? 

Lázaro Te digo que ella debe decidir. 

Plácido Tú lo quieres, sea. Pero sigamos siendo her- 
manos, no rivales. 

Lázaro Conforme. Juremos que ninguno de los dos 
le hablará de este asunto, ni le ofrecerá su 
cariño, sin que el otro esté presente. 

Plácido Y que ninguno tendrá envidia al elegido. 

Lázaro Aceptado. 

Plácido ¿Y cuándo hemos de empezar? 



— 26 — 



Lázaro 
Julia 

Lázaro 
Julia 

Lázaro 
Julia 
Lázaro 
Julia 



Plácido 
Julia 

Lázaro 
Julia 
Plácido 
Julia 



Lázaro 
Julia 
Plácido 
Julia 



Plácido 

Lázaro 
Julia 



Lázaro 



Ahora mismo. 

(Saliendo con el mantel, servilletas y los cu- 
biertos.) ¿Pero qué hacéis? 
Charlábamos. 

(Poniendo el mantel.) Ideando alguna dia- 
blura. 

No, Julia ; hablábamos de nuestro porvenir. 
(Biendo.) ¡Oh, qué cosa tan grave! 
¿Te burlas? 

La verdad es que para veros tan serios pre- 
feriría que no tuvieseis un céntimo en el bol- 
sillo. (Ha colocado el mantel y los cubiertos.) 
Ajajá, y ahora a esperar al camarero, que no 
debe tardar, y que en cuanto traigan el vino, 
lo primerito que voy a hacer es brindar por 
vuestro porvenir. 
Y por el tuyo. 

Es verdad ; el día que os ha traído a vosotro» 
tanta suerte no se ha olvidado de mí. 
¿Te refieres a. tu colocación? 
¡ Claro ! 

Es que nosotros no queremos que la aceptes 
Eso no puede ser. No somos tan ricos. Hay 
que ganarse la vida. Esta misma tarde iré a 
casa de ese doctor. 
¿Y te quedarás allí? 
Si me acepta... 
¿Quieres abandonarnos? 
Abandonaros, no. Vivir mi vida como vos- 
otros la vuestra. Nuestro porvenir lo exige. 
Ya veréis qué delicia cuando nos reunamos 
los domingos para contarnos nuestros triun- 
fos, nuestras esperanzas. ¡ Qué goce tan su- 
premo al sentirnos unidos por el cariño 1 , aun- 
que estemos separados por la necesidad! 
Es que viéndote a nuestro lado comprende- 
mos el motivo, la razón de nuestra lucha por 
el porvenir. 

Toda nuestra alegría, todo nuestro bienestar 
es nulo si no estás con nosotros. 
Pero ¿es que voy a marcharme a América? 
Yo seguiré siendo vuestra hermana... vendré 
a veros todos los domingos, repasaré vues- 
tra ropa, cuidaré la casa... ¡Así estaremos 
mucho mejor, creerme! jLa gente es muy 
mala, y hay que vivir con la gente! 
(Aparte a Plácido.) ¿Lo oyes? Hay que deci- 
dirse. 



- m - 



Plácido 
Lázaro 
Plácido 
Lázaro 



Romana 

Julia 

Romana 

Lázaro 

Plácido 

Julia 

Felipe 

Romana 

Felipe 

Romana 



Julia 
Plácido 

Felipe 



Lázaro 
Plácido 
Felipe 

Lázaro 
Felipe 



Lázaro 

Julia 

Plácido 

Felipe 

Plácido 

Lázaro 



Tienes razón. 
Anda, háblale tú. 
No, tú. 
Tú. 

(En este momento se abre la puerta del (oro 
y aparece ROMANA, acompañada de FELI- 
PE, vestido de guardia de Seguridad. Felipe 
trae el casco en la mano y tiene todo el pelo 
ondulado cómica y exageradamente. En la 
cara se le notarán, sin exagerarlos, unos 
cuantos lunares. Trae puestos sus guantes 
blancos y un puro sin encender; es un tipo de 
esos guapos mala sombras. En general el 
actor debe componer el personaje a su gusto.) 
¿Dan licencia los señoritos? 
Adelante. 

Pasa, Felipe. (Entra Felipe.) 

(Al verlo.) ¡Mi madre! 

Viene de gobernador militar. 

(A Felipe.) ¿Qué ha visto usted para que se 

le pongan los pelos así? 

Esta, que se ha empeñao en enmarañara... 

en enmaramara... 

Enmarañártelos. 

Eso, en mará, mará... vaya, que no lo digo. 
Es que el pelo es lo único que tiene lacio, y 
yo me he dicho: pues se lo voy a poner así, 
a lo artista... 
Le cae muy tríen. 

Y como se siga peinando así, le cae... pero 
que de raíz. 

Ya me ha notificao Romana la amabilidaz de 
usted, y no sabe lo que se lo agradezco; ¿me 
lo va usted a hacer al pastel o al crayón? 
No sé, no sé; lo que me salga. 
Puede que le salga un pastel. 
El puro no hará falta que lo encienda, ¿ver- 
dad? 

No; ¿para qué? 

Si es necesario, lo enciendo; ahora qua el 
humo me da una poca garraspera en la «pi- 
glotis». 

Ya le figuraré yo el humo; no se preocupe. 
Eso es fácil. 

Facilísimo. ¿De qué marca es el puro? 
No debe ser de marca, pero es bonito. 
Púes siendo bonito, con humo de pez. 
(Aparte a Plácido.) En buena me has metido. 



— 28 — 



Plácido (Idem.) No te preocupes; figura un momen- 
to que le tomas con líneas y le mandas su- 
bir pasado mañana. 

Lázaro (Alto.) Bueno, pues hoy no haremos más que 
un pequeño apunte, cuestión de muy poco, y 
otro día... 

Plácido Sí, porque los buenos retratos requieren 

tiempo. , 

Romana Y que una figura así como la de mi Feiipe 

se presta, ¿verdad? 
Lázaro Con su marido se puede hacer una cosa de 

escándalo. 

Plácido (Aparte.) Tirarlo por la escalera. 

Felipe Pues por mí, cuando el señorito quiera. 

Lázaro Ahora mis... 

(En este momento aparece por la puerta del 
{oro UN CAMARERO, con un cajón en la ca- 
beza y dentro el servicio de comida pedido 
por Julia.) 

Camarero ¿Se puede? 

Julia Si es el camarero... Adelante, adelante. 

Felipe ¡Ah, pero van ustedes!... 

Plácido Un piscolabis, pero en seguida acabamos. 

Julia Aquí, póngalo usted aquí. 

(El Camarero deja el servicio en el sillón cer- 
ca de la mesa.) 

Romana ¿Pero todo eso es para ustedes? 

Lázaro Todo. 

Romana Por le visto ha corrido el Paztolo. 
Plácido Y lo que es menester es que no corra un La- 
teo. 

Romana Otro río. 

Lázaro Otro, pero ese es de lágrimas. 

Julia (Al Camarero.) Vuelva usted a recoger el 

servicio a eso de las dos. 

Camarero Si no estoy equivocaos son ya las dos y me- 
dia. 

Julia jLas dos y media ya! 

Camarero Volveré dentrío -de una hora. Vaya, hasta 
luego. 

Julia ¡Las dos y media! 

Plácido ¿Qué te pasa? 
Julia Que me marcho. 

Lázaro ¿Que te marchas? 

Julia Lo primero es la obligación, Recordar qu« 

a las dos y media debo presentarme en casa 
del doctor. Comer vosotros. 

Plácido Eso no, esperaremos a que vuelvas 



— 29 — 



Romana Y mientras le van haciendo algo a mi Felipe. 
Julia ¿Y si tardo? ¿Y si me quedo allí? No, no, 

comer vosotros. Ahora, lo que no perdono es 

el brindis. 

Lázaro. (Aparte a Plácido mientras Julia echa el vi- 
no en las copas.) Habíale tú. 
Plácido No, tu, tú primero. 

Julia (Ofreciéndoles las copas.) Por nuestro cariño. 

Los dos (Bebiendo.) Por nuestro cariño. 

Julia Y ahora, hasta luego o hasta el domingo. 

Lázaro (Muy triste.) Adiós. 

Plácido (Idem.) Adiós. 

Julia (Disimulando su emoción.) ¿Pero qué es eso? 

¿Qué caras son esas? (Con alegría fingida.) 
¿No me dais el beso de despedida? 

Los dos (A un tiempo.) ¿De quién le prefieres? 

Julia De los dos, naturalmente. ¿No sois mis dos 

novios? Pues a los dos os soy completamen- 
te fiel. (léOS besa y para no descubrir su emo- 
ción hace mutis casi corriendo y gritando.) 
Adiós, adiós. 

Lázaro. ¡Se va! 

Plácido Se va. (Viendo a Romana que se lleva el de- 
lantal a los ojos.) ¿Pero qué es eso? ¿Usted 
también se ha conmovido? 

Romana Me llega al alma ese cariño que se tienen 
ustedes. Misté mis ojos, el uno es un Pastólo 
y el otro un Leteo.— Telón. 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



.A.oto segundo 



Sala de espera en el consultorio del Doctor don Luis 
del Olmo. En el fondo, gran ventana con cortinas. En 
la lateral derecha, puerta de entrada. En la de la iz- 
quierda, dos puertas. La primera da a las habitaciones 
particulares del doctor; la segunda, a su gabinete dé 
consultas. Muebles elegantes y muy modernos. Ante 
la ventana o mirador del fondo, una mesita, y a su al- 
rededor, sillones y butacas. En un rincón, un velador- 
cito con botella de agua, vasos, etc. En el proscenio, 
derecha, mesa o bureau pequeño con máquina de es- 
cribir, teléfono, etc. En las paredes, cuadros con marcos 
e le g antis irnos. Por la escena, algunos cacharros de muy 
buen gusto. En el techo, gran aparato de luz eléctrica. 
Alfombra y todo cuanto se ocurra para dar un sello de 
elegancia a la escena. 

Al levantarse el telón aparecen UNA MUJER ELE- 
GANTISIMA hojeando una revista ilustrada, pn cuya 
última plana se leerá bien claramente, porque lo debe 
ocupar toda, lo siguiente: 

Para los nervios, 
La Tranquilina. 

UNA JOVEN, delgada, con impertinentes, que mira 
a todos y da unos suspiros muy grandes. UN SEÑOR 
ANCIANO, casi dormido, en una butaca. UN SEÑOR 
GORDO, leyendo atentamente un periódico, cuya cuar- 
ta plana la ocupa también el anuncio: 
Para el insomnio, 
La Tranquilina. 

UN JOVEN NERVIOSO, que pasea impaciente. 

A la derecha, sentada cerca de la mesita o bureau, 
JULIA escribe a máquina y figura que despacha la co- 
rrespondencia. 

Hay un momento de pausa; poco después, por la pri- 
mera izquierda, aparece JUAN, ayudante del doctor: J» 
sigue un CABALLERO. 



— 32 - 



Juan 
Caballero 

Jov. ner. 

Anciano 

Jov. ner. 

Anciano 



Julia 
Anciano 



Jov. ner. 

Anciano 

Julia 

Anciano 
Jov. ner. 
Anciano 



Jov. ner. 
Julia 
Jov. ner. 



Julia 

Jov. ner. 



Julia 
Jov. ner. 

Julia 



(Desde la puerta.) El siguiente. (Se va.) 
(Cruzando y haciendo mutis por la derecha.) 

Buenos días. 

(Dando un golpecito en el hombro al anciano 
que dormita.) A usted le toca. 
(Despertándose.) ¡Ah!... Es a mí... (Levan- 
tándose.) Muchas gracias. 
Y a ver si tarda usted tanto como ese que 
acaba de salir. 

(Calmoso.) No; lo mío es... verá usted. To- 
das las mañanas, cuando la criada me entra 
el desayuno... 

(No dejándole acabar.) Eso al doctor. 

(Disculpándose.) Ah, usted perdone; comal 

es la primera vez... (Se dirige a la segunda 

izquierda.) 

No, no es por ahí. 

(Deteniéndose.) ¡ En ! 

(Indicándole la primera izquierda.) El gabi- 
nete de consultas es esa primera. 
Muchas gracias. Como es la primera vez... 

Acabe usted. 

(Entrando.) ¡Voy, voy!... ¡Qué nervios! 
(El ¡oven nervioso saca el reloj; luego se 
sienta, loma un periódico, vuelve a dejarlo, 
se vuelve a levantar, en una palabra, no se 
está quieto un momento e impacienta a los 
que están sentados; de pronto se dirige al 
burean y acercándose al telé{ono le pregunta 
a Julia.) 

¿Me permite usted? 
No faltaba más. 

(Llama, y como no le contestan en el acto, 
vuelve a llamar con más rabia y repite con 
más rabia todavía.) 

Caballero, que va usted a romper el apa- 
rato. 

Es que estas telefonistas tienen una calma... 
(Suena el timbre.) Gracias a Dios. (Hablan- 
do.) Oiga central. Mil doscientos doce... Si, 
sí... Uno dos, uno dos M... Sí, sí, uno dos, 
uno dos... ¿Pero es que no me oye? (Gritan- 
do.) Uno dos, uno dos... ¿Cómo? La que es- 
tará haciendo la instrucción es usted. 
Caballero, por Dios. 

Pero a usted le parece, que encima de no 
atender se permitan la befa y la mofa... 
Es que hoy no sé qué pasa que no se oye 



— 33 — 



bien : como está el tiempo amenazando tor- 
menta... 

Jov. ner. (Dejando el auricular y haciendo unas con- 
tracciones nerviosas.) No me lo diga, usted, 
que ya me lo dicen estos nervios míos. 

Julia ¿No está usted mejor de las palpitaciones? 

Jov. ner. Cada vez palpito más. 

Juan (Apareciendo como antes, seguido del AN- 

CIANO que cruzará la escena y hará mutis 
por la derecha.) El siguiente. 

Anciano (Haciendo mutis.) Buenos días. 

Jov. ner. (Lanzándose como un rayo hacia la prime- 
ra izquierda.) ¡Por fin! 

Jov. delg. (Que se ha levantado al mismo tiempo, tro- 
pieza con él al llegar a la puerta.) Usted per- 
done. 

Jov. ner. (Pretendiendo pasar.) No hay de qué. 
Jov. delg. (Atajándole.) Es que le toca a una. servidora. 
Jov. ner. (Incomodado.) ¡No puede ser! Hace dos ho- 
ras que estoy aquí. 
Jov. delg. y una servidora, dos horas y cuarto. 
Jov. ner. (Violento.) ¡Falso! 
Jov. delg. Es usted muy galante. 

Jov. ner. Con los saltos que me está dando el corazón 
no me queda tiempo de ser galante. 

Juan (Apareciendo otra vez.) ¿Pero pasa o no pasa 

el que sigue? 

Jov. ner. (A Julia.) Señorita... usted es testigo. 

Julia Creo que esa señorita ha llegado antes que 

usted. 

(La ¡oven delgada mira con desprecio al jo- 
ven nervioso, y entra orgullos amenté por la 
primera izquierda.) 

Jov. ner. (Dirigiéndose a Julia, muy nervioso.) Pero, 
¿cree usted que yo he venido aquí a pasar 
la tarde? Llevo dos horas esperando... ¡y me 
desespera esperar! 

Julia Hay un recurso 1 para evitarlo. 

Jov. ner. ¿Cuál? 

Julia Acudir a una. consulta donde vayan menos 

enfermos. 

Jov. ner. (Saca un periódico del bolsillo, lo abre y en 
la última plana se ve un gran anuncio de 
«Para el mal genio: La Tranquilina)).) ¡La 
culpa, la tiene uno por ponerse enfermo! 

Mujer eleg. (Al señor gordo que lee.) Qué hombre más 
nervioso^... 

Gordo (Sin dejar de leer.) Ya, ya... 



— 34 — 



Mujer eleg. Yo, aunque tuviese que esperar dos siglos, 
lo haría con gusto, con tal de que me reco- 
nociese el doctor del Olmo. 

Gordo Ya... ya... 

Mujer eleg. Tengo tanta confianza en él... 

Gordo Como todas las señoras. 

Jov. n,er. Por todas partes donde uno> mira se tropie- 
za con esta «Tranquilina» de los demonios. 
(En este momento, Julia, que toma unas no- 
tas en su libro, presta atención a lo que di- 
cen.) 

Mujer eleg. Como que no hay telón de teatro, tranvía 
ni anuncio luminoso donde no se lea : «La 
Tranquilina». 

Gordo Es una propaganda colosal. 

Mujer! eKeg. Y útilísimo, según he oído decir. 

Jov. ner. ¡Hombre! Me gustaría probarlo. 

Gordo (Sacando una cáfila. ) Si lo desea usted... 

Jov. ner. ¿Eh? 

Gordo Aquí la llevo yo... para, mi mujer, que no cree 

en doctores. 
Mujer* eleg. ¿Y qué padece su señora? 
Gordo Neuralgias... ¡Es tan nerviosa! 
Jov. n,er. Como yo... Si fuese usted tan amable... 
Gordo ¿Qué? 

Jov. ner. Es por probar... nada más por probar... 
Gordo (Alargándole la cajita.) Ah, sí. Tome usted 

las que quiera. Para esto no hay régimen 

ninguno. 

Jov. ner. (Tomando un par de tabletas.) Pues con per- 
miso, ¿eh? Y muchas gracias. (Sube al foro 
y se sirve un vaso de agua y traga las ta- 
bletas.) 

Gordo Pues desde que probó este específico mi mu- 
jer, mano de santo. 
Mujer eleg. ¿Es posible? 

Gordo ¡Vaya! Anteayer tenía un ataque agudísi- 
mo; tomó dos, tomó un coche y al poco tiem- 
po me la encontré con su primo en el Real 
Cinema. 

Jov. ner. ¡Maravilloso! 

Mujer' eleg. Yo... ¡qué quiere usted que le diga!... para 
mí no hay mejor específico que la visita del 
doctor. 

Gordo Se comprende... se comprende. 

Juan (Aparece como antes.) El siguiente. 

(La ¡oven delgada sale y se marcha suspi- 
rando.) 



— 35 — 



Jov. ner. (Al Gordo.) Pase usted. Pase usted. Quiero 
ver el efecto que me hace. 

Gordo Muchas gracias. (Entra por la primera iz- 
quierda.) 

Julia Pero, ¿cede usted su turno? 

Jov. ner. Sí... señorita... y desisto de la consulta. De- 
cididamente, estas tabletas son maravillo- 
sas... Estoy calmado... ¡qué digo calmado! 
Tranquilo... tranquilísimo'. (Cada vez más 
nervioso.) Voy a comprarme una docena de 
cajas. Buenas tardes. (Se va lateral dere- 
cha.) 

Mujer eleg. Sí que le ha hecho un favor al doctor ese ca- 
ballero. 

Julia ¡Bah! No importa. Diga usted: ¿Y esa 

«Tranquilina» es, efectivamente, lo que di- 
cen? 

Mujer eleg. Según lols periódicos, una panacea. Yo no 
he querido probarlo sin consultar con el doc- 
tor; y si él me lo recomienda... 

Julia No es fácil. ¿Cómo va a recomendar un me- 

dicamento que hace innecesarias las consul- 
tas? 

Mujer eleg. ¡Oh! Ya sabe usted que el doctor del Olmo 
es un hombre que se sacrifica por la Huma- 
nidad. Si él cree que ese específico vale la 
pena, no dude usted que lo recomendará. 

Julia Eso, desde luego. 

Juan (Saliendo como antes.) El que sigue. Y ad- 

vierta usted, señorita Julia, que por hoy no 
recibe a nadie más el señor Doctor. 

Julia Está bien. 

(El señor gordo cruza la escena y hace mu- 
tis. La mujer elegante pasa primera iz- 
quierda.) 

Mujer eleg. Con permiso. 

Julia No se olvide usted preguntarle al doctor por 

«La Tranquilina)). 
Mujer eleg. Pierda usted cuidado. (Entra.) 

(Julia sigue trabajando, por la derecha ha- 
cen entrada ROMANA, FELIPE y CAN DI DI- 
TO, este último es un zagalón de unos diez 
y nueve a veinte años.) 



Romana ¿Se puede? 
Julia ¡Hola, Romana! 

Felipei Aquí venimos con el sobrino. 
Romana Ese que le hablamos la otra mañana, pa que 
se tome interés con el señor doctor... 



— 36 — 



Julia ¡Ah, sí!... ¿Pero cómo han venido ustedes 

tan tarde? Precisamente el doctor acaba de 
avisarme que no recibe a nadie más. 

Felipe Pues es un fastidio. 

¡Julia Mañana lo verá... por un día no< creo yo... 

Romana Tiene razón la señorita Julia ; el caso es que 

se tome interés. 
Julia Ah, por eso estén ustedes tranquilos... De 

modo que es éste el paciente. 
Romana Este, que sin tener la culpa el pobre nos estA 

quitando la vida a sus padres, a sus tíos Y 

a sus hermanos, a sus cuñados... 
Julia Sí, a toda. la. familia. 

Felipe A toda. 

Julia Pues el aspecto exterior es bueno. 

Romana Muy bueno. 
Julia Y el desarrollo parece franco. 

Felipe Muy franco. 

Julia Por lo visto se trata de una lesión interna. 

Romana No, señorita, no. 

Julia ¿Pues qué tiene? 

Felipe Debe ser locura. 

Julia (Alarmada.) ¿Eh? 

Felipe Locura nerviosa. 

Julia Caramba, eso es más grave. ¿Y qué es lo que 

han notado ustedes en él para formar ese 
juicio? 

Romana Pues mire usted, señorita, que desde hace 
unos do® meses que no se puede salir a la 
calle con este hijo de mi alma, porque mu- 
chacha que encuentra a su paso, muchacha 
que abraza. 

Felipe Pero que las estruja. 

Cándido No exagere, tío ; que aprietan ellas más. 

Julia (Burlonamente.) ¡Vaya, vaya! ¿Pero las 

abraza amistosamjente ? 

Romana No, señorita, no; sin amistad ninguna. 

Cándido Es que al verlas me da un pronto... y me en- 
tra un hormigueo... 

Felipe Debe ser sin querer él, porque nosotros le 
regañamos y sus padres han tllegao hasta 
castigarle; pero como según se explica le en- 
tra esa especie de ataque... 

Julia Y cuando la abrazas, te mejoras, ¿verdad? 

Cándido Me agravo. 

Julia ¿Y hace mucho tiempo que padeces esa... 

manía? 

Romana Pues, a ciencia cierta, no se sabe; porque en 



— 37 — 



Julia 

Felipe 

Julia 



Felipe 
Julia 
Romana 
Julia 

Felipe 

Julia 

Romana 

Felipe 



Julia 

Felipe 



Julia 

Felipe 
Romana 



Julia 

Romana 

Julia 
Romana 



su casa su prima Remedios y la criada, se 
conoce que por no disgustar a los padres, se 
dejaban apretar sin decir esta boca es mía, 
y hasta hace cosa de tres semanas que le 
encontraron en el descansillo de la escalera 
ataraza© a la chica del segundo izquierda, y 
pocos días después en la bohardilla que por 
poco asfixia a la hija del señor Nemesio y 
los domingos en la Bombilla, que es muy 
rara la que se le escapa... pues- se ha caído 
en la cuenta que eso no debe ser natu- 
ral... 

¡Qué ha de ser natural! 
Digo yo si será un trastorno. 
¡Claro! Un trastorno para los padres que ten- 
gan hijas guapas, porque cuando ves una fea 
no te da el ataque, ¿verdad? 
Las feas no le hacen efecto. 
Yo' digo que falta de equilibrio nervioso. 

Y su padre dice que es falta de vergüenza. 
Puede ; que no vaya descaminado. 

Pero, en fin, eso el doctor del Olmo que es 
un sabio en esas cuestiones de nervios... 
Seguramente él lo curará... ¿Y el retrato, se 
acabó? 
Todavía, no. 

Va muy despacio. Como se mudaron al ba- 
rrio de Salamanca y yo tengo ahora tanto 
servicio, pues apenas si puedo dar una es- 
capá para la, pose. 
Pero ya tendrá hecho mucho. 
No lo crea usted. Me ha cogió así el perfil, 
este ojo, algo de las narices y el otro día 
llegó hasta el labio superior. 
Bien, ¿verdad? 
¡Superior! 

Sabe usted lo que pasa, que éste por* no mo- 
lestar... pues la mitad de las veces me dice 
que va y no va, y es lo que yo le digo : a 
los artistas! así no hay más remedio que ha- 
cerse el empalagoso, porque como tienen 
tantas cosas que hacer... 
Ah, pero el señorito Lázaro está interesa^ 
do en hacerle a su marido una cosa genial. 
Eso sí, y lo quiere presentar en la Expo- 
sición. 

¡Hola! En la Exposición... 

Y el señorito Plácido le ha dicho que le pon^- 



— 38 — 



Julia 



Romana 
Julia 

Felipe 

Julia 
Romana 

Felipa 

Romana 



Cándido 

Felipe 

Romana 



Julia 



Mascarell 
Julia 

Mascarell 
Julia 

Mascarell 



Julia 

Mascarell 
Julia 

Mascarell 



ga un letrero debajo que diga: «Con, permi- 
so de Millán dei Priego». 
(En este momento Cándido trata de escurrir- 
se por detrás de Felipe y Ramona para abra- 
zar a Julia, pero éstos lo advierten y lo suje- 
tan.) 

Pueis nada, mañana vengan más temprano 
con el pollo, que yo le habré hablado yo al 
doctor. 

Pues Dios se lo pague y hasta mañana. 
Y no dejen de la mano al señorito Lázaro. 
¡Si vie¡ra usted qué ganas tengo de que me 
lo acabe) pa poder peinarme a mi gusto! 
A usted le va bien todo 
Verdad que sí... 

Yo lo que temo es que el teniente, al verme 
así, me mande pelar a rape. 
Pues le dices al teniente que se pele él, por- 
que pa eso te ha dao Dios el pelo, pa colo- 
cártelo como te dé la; gana,. Vamos-, hijo, y 
cuidao con lo que haces-, que va tu tío de 
uniforme y le puies buscar un compromiso. 
Haré lo que pueda. 
(Haciendo mutis.) Andando. 
(Viéndolo marchar, le dice a Julia.) ¡ Qué figu- 
ra! Hay que ver el cuidao mío; si me des- 
cuido, éste (Por Cándido.) que abraza a las 
mujeres, y las mujeres que se lo comen a 
ése... (Por Felipe.) Voy entre la espada y la 
pared. 

(Riendo.) Es mucho hombre. Hasta mañana. 
(Hace mutis Romana con Cándido. Julia vuel- 
ve al «bureau» a' figurar que sigue trabajan- 
do. Por la derecha entra el señor MASCA- 
RELL.) 

Hola,, joven. ¿Qué? ¿Está muy ocupado ese 
doctor? 

Pronto terminara su consulta. 

(Dándole la mano a Julia.) Bien, pequeña. 

¿Y qué hay de su amigo? 

¿Eh? 

De nuestro amigo Plácido Cortés. De su nv 
vent(o vengo precisamente a hablar co(n el 
doctor. 

¿De su invento'? ¡Será del de usted! 
La fama es> de Plácido. 
Sí. Pero las ganancias son de usted. 
¿Las ganancias? Contento' me tiene. 



— 39 — 



Julia ¿Qué ha hecho? 

Mascare!! ¿No se lo ha dicho él? 

Julia No; hace dos semanas que no le veo. Ni a 

él ni a Lázaro. 

Mascarell ¿El pintor? Otro que tal. Desde que ha pues- 
to de moda esos cuadros extravagantes, es 
otro. . . 

Julia ¿Otro, qué? 

Mascarell Otro... orgulloso. Se instalaron en ese estu- 
dio de la calle de Goya; lo han alhajado co-. 
mo un palacio y allí se pasan, la vida en 
perpetua orgía y en continuo... trasiego de 
admiradores... y admiradoras. 

Julia ¿Es posible? 

Mascarell ¿Acaso lo ignora usted? 

Julia Y si usted cree que no lo ignoro-, ¿por qué 

me lo diicei? 

Mascarell ¡No está mal la observación! Pero, vamos, 
es que yo creí que se veían ustedes con fre- 
cuencia. 

Julia Sí; nos vemos de domingo a domingo; pero 

ya comprenderá usted que no van a contar- 
me, sus locuras. 

Mascarell Pues ahora están en grande. Sobre todo el 
pintor, que no se da abasto para servir pe- 
didos. ¡Ah! Si. el otro, el don Plácido no fue- 
se un simple:, también podría estar 1 nadando 
en¡ oro. 

Julia ¿Pues? 

Mascarell Se niega a venderme ninguna otra fórmu- 
la y, sobre todo, hace una propaganda inicua 
en contra de la «Tranquilina». 

Julia ¿Es posible? 

Mascarell Dice que es un menjurje sin valor ninguno. 

Julia Esi un, hombre de conciencia. 

Mascarell ¡Vaya una conciencia! Hablar mal de su esr 
pecífico, después que me ha sacado tres mil 
pesetas por su explotación. 

Luis (Que sale de'l gabinete primera izquierda, se- 

guido de JUAN y acompañado de la MUJER 
ELEGANTE.) No haga usted caso de charla- 
tanes. Esa «Tranquilina' es una de tantas 
drogas que ni sirven para el hígado ni para 
el bazo ; esto es, que no sirven para nada. 
Dañino', no es ; pero lo mejor es abstenerse. 
(A Juan.) Que preparen el coche. (Juan se va 
por la lateral derecha.) Así es que siga usted 
su régimen y déjese de «Tranquilinas». 



— 40 — 



Mujer eteg. Sí, querido doctor. Ya sabe usted que sus 
palabras son para mí un oráculo. (Saludan- 
do a todos y marchando.) Buenas tardes. (Se 
marcha lateral derecha.) 

Mascarell ¡Ilustre doctor! 

Luis Hola, excelso engaña-bobos. ¿Qué le trae por 

aquí? 

Mascarell Después de lo que acabo de oírle, nada, 

Luis ¡Ah! ¿Todavía insiste usted? 

Mascarell Le traigo veinticinco cartas de sus/ ilustres 
colegas facultativos. . . 

Luis ¿Sobre el mismo asunto? 

Mascarell Sobre, ia Hilagjrosa <(Trancfu#lina>>. 

Luis Mis compañeros pueden opinar lo que gusten. 

Mascarell Que es un remedio insustituible; lo dicen y 
lo firman en estas veinticinco cartas. 

Luis ¡Mi querido Mascarell! Usted sabe lo que 

aquí se, le estima y se le distingue; pero en 
este asunto tengo criterio cerrado. 

Mascarell Le traigo veinticinco cartas... 

Luis Aunque me traiga usted el apartado de Co- 

rreos. Yo no puedo creer que una, simple 
composición, sea de lo que sea, tenga la vir- 
tud de obrar sobre nuestros nervios y sobre 
toda economía... 

Mascarell Amigo don Luisi. Ya sabe usted que en tera- 
péutica... 

Luis Perdón, amigo mío, no me queda tiempo pa- 

ra discutir. He de dictar varias cartas y aba- 
jo tengo el coche esperando, para visitar a 
mis enfermos... Otro día hablaremos. 

Mascarell No insisto. Momento llegará en que usted se 
convenza palpablemente de la eficacia de es- 
te nuevo producto. Entretanto... 

Luis Entretanto, está usted perdiendo un tiempo 

precio sol 

Mascarell Ya lo recuperaré. Buenas tardes, doctor. 

Adiós, señorita. 
Julia Adiós, señor Mascarell. 

Mascarell (Al marcharse.) ¡Tú caerás! (Vase lateral 
derecha.) 

Luis ¡Qué hombre más pesado! 

Julia (Que durante el diálogo anterior ha prepa- 

rado y puesto a la firma del doctor varias 
cartas.) Cuando usted guste. 

Luis ¿Eh? Ah, sí. El correo. (Se sienta frente a la 

mesita, al lado de Julia que sigue escribien* 
do a máquina.) 



— 41 - 



Julia (Al ver que Luis apoya la mano en la frente 

y queda un momento pensativo.) ¿Se siente 
usted mal? 

Luis No... Algol de cansancio... Hoy hei tenido de- 

masiadas consultas... y ¡por firme que se ten- 
ga el cerebro... 

Julia (Sonriendo y graciosamente.) El señor Mas- 

caren le recomendaría «La Tranquilina», co- 
mo reactivo: 

Luis (Befando de firmar.) Lo que me molesta es 

que estos parlanchines crean de buena fe 
que pueden hacerme cómplice ele sus farsas. 

Julia ¡Ah! ¿Usted opina que la «Tranquilina.)) es un 

engaño'? 

Luis Es una tontería que ¡se ha puesto de moda a 

fuerza de anuncios.. Y ya sabemos lo que es 
la rutina, y la credulidad de la. gente. Algunas 
veces llego a crleer que soy la única persona 
sensata y que no me dejo deslumhrar por la 
opinión pública, (Indicando el cuadro que hay 
al lado del «bureau».) Vea usted ese envolto- 
rio. Es un cuadro que ayer me envió un ami- 
go conocedor de mis aficiones por todo lo que 
se aparta de lo vulgar, y me lo remite como la 
última, expresión de la pintura, Seguramente 
será* algún mamarracho. Ni aun tiempo he 
tenido de verlo. 

Julia (Coge el cuadro modernista que figuró en el 

acto primero*.) Aquí está. (Sorprendida al 
verle.) ¡Ah! 

Luis (Un poco asustado al pronto.) ¡Demonio! 

¿Qué es eso? 

Julila (Aparte.) ¡El cuadro de Lázaro! (Lo coloca 

sobre la silla, en el centro de la escena, cara 
al público.) 

Luis (Después de examinarlo ligeramente.) ¡Esto 

es una tontería ! 

Julila No... no sé... 

Luis ¿Qué le parece a usted? 

Julia Yo... yo no entiendo de pinturas. 

Luis ¿Entender 1 ? Para juzgar de lo bello no se ne- 

cesita, más que sentido común. 

Julila Efectivamente... 

Luis La belleza, encanta a, la vista sin necesidad 

de estudios ni preparación... Vamos a ver. 
¿Dudará alguien al verla a usted que tiene 
un encanto?... 

Julila (Retrocede sorprendida.) ¿Eh? 



— 42 — 



Luis Vamos... déme usted su opinión. 

Julia (Dudosa y dirigiéndose al «bureau»>) Yo... 

señor!... doctor... no vengo a su casa a dar 
opiniones. (Se sienta.) 

Luis No se juzgue usted tan modestamente. Ha- 

ce tres meses que está usted aquí y creo 
haberle demostrado que para mí es algo más 
que una vulgarísima empleada, 

Julia (Turbadisima, coloca un pliego de papel en 

la máquina y empieza a trabajar.) Muchas 
gracias. 

Luis (Pretendiendo quitarle las manos del tecla- 

do.) Pero, por Dios, deje usted esa máquina. 

Julia (Retirando vivamente las manos.) Hay que 

despachar el correo. 

Luis Que espere el correo. (Cesa el tecleo.) Quie- 

ro decirla... sin ruido... confidencialmente, de 
amigo a amigo, que usted... hace mucho 
tiempo ha dejado de ser para mí una emplea- 
da cualquiera, para convertirse en la amiga 
que a veces me ilustra con su opinión, ani- 
mándome con sus consejos... animándome 
con su ejemplo... animándome... 

Julia (Aparte.) ¡Dios mío, que se va animando! 

Luis Porque usted es distinta a las otras mujeres. 

Usted es una muchacha de mucho talento, a 
la que hay que respetar y querer... 

Julia (Suspirando.) ¡Ay, Dios mío! 

Luis (Sorprendido.) ¿Qué le pasa? 

Julia ¡Que ya está aquí! 

Luis (Separándose de ella sobresaltado.) ¿Quién? 

Julia (Levantándose.) Lo que yo temía... 

Luis (Rehaciéndose y acercándose, amable.) ¿La 

he dicho algo molesto? . 

Julia Todavía no; pero ya, ha empezado. 

Luis No debe usted dudar de mi afecto. 

Julia Es usted' demasiado' afectuosos señor doctor. 

Luis ¿Qué quiere; usted decir? 

Julia Que isi desea que yo continúe en sü casa;, de- 

be sustituir el afecto por la, consideración. 

Luis ¿Es que no le gustaría ser mi mejor amiga? 

Julia Prefiero ser su mejor empleada nada más. 

Luis (Un poco despechado.) Me lo figuraba... tie- 

ne usted novio... 

Julia (Sonriendo.) Sí, señor: Dos. 

Luis ¿En? 

Julia Dos que desde niñai lo® he llamado mis no- 

vios. 



— 43 — 



Luis 
Julia 

Clotilde 

Luis 
Julia 

Clotilde 

Luis 

Clotilde 

Luis 

Clotilde 

Julia 

Luis 

Julia 

Luis 
Julia 
Clotilde 

Luis 

Clotilde 

Luis 

Clotilde 

Luis 

Clotilde 

Luis 

Clotilde 

Luis 

Cotndesa 



Clotilde 

Luis 

Condesa 



(Sonriendo.) Dos, es menos que uno. 
Si le parece a usted, más; porque yo los quie- 
ro a lots dos. 

(En traje de casa, elegantísima, por la late- 
ral segunda derecha.) ¿Todavía estás aquí? 
(Separándose de Julia.) ¡Ah! 
(Volviendo a su sitio.) ¡La señora! (Aparte.) 
Me gustaría que nos hubiese escuchado. 
(Secamente.) La Condesa acaba de llegar pa- 
ra tomar el té con nosotros. 
(Mostrando apresuramiento para disimular 
su turbación.) Discúlpame. Hoy no tengo 
tiempo para nada... 

(Un poco agresiva.) Ya, ya he visto el coche 

esperándote hace media hora. 

¿En? 

Trabajas demasiado. 

(Viendo venir la tormenta.) ¿Me necesita el 
señor? 

No... Vaya usted a tomar el* té, cuando gus- 
te... 

Con permiso de la señora. (Se va primera 
izquierda.) 

Vuelva luego a despachar el correo. 
Bien, señor. (Se va.) 

¡Luis! Va a ser preciso que cambies de se- 
cretaria... 

¿Escena de ceJos? Por Dios, querida Clotilde, 

que no tengo tiempo. 

Se conoce que sabes elegir. 

He elegido la más útil. 

¿La más útil? ¿Pues cómo te proporciona tan- 
tos quebraderos de cabeza? 
¿Qué dices? 

¡Siempre te estás quejando! 
El exceso de trabajo. 
(Irónicamente.) ¿De trabajo nada más? 
(Mirando el reloj.) Bueno, discúlpame con la 
Condesa. Me aguardan mis enfermos. 
(Que en este momento aparece por la segun- 
da derecha. También viene elegantísima, en 
traje de paseo.) Pues por mí no los haga us- 
ted esperar. 
¡Ah! 

¡La Condesa! 

Querido amigo. Perdone mi atrevimiento, pe- 
ro estaba aburridísima en el salón y me he 
tomado la libertad de venir en su busca. 



44 — 



Clotilde 
Luis 



Condesa 

Luis 

Condesa 



Luis 
Clotilde 

Condesa 

Luis 

Condesa 

Luis 

Condesa 



Luis 

Condesa 



Luis 
Clotilde 

Luis 
Clotilde 

Luis 

Condesa 

Luis 

Clotilde 

Condesa 

Luis 

Condesa 

Luis 



Nos hemos entretenido charlando. 
Sí... charlando... (Sin saber qué decir.) A 
propósito... usted que es tan gran aficiona- 
da... charlábamos de este cuadro... que me 
mandó esta mañana, nuestro amigo Cornelia. 
(Por el que hay en la silla.) 
¿Alguna nueva creación? 
A mí me parece) una. tontería, 
(Colocándose los impertinentes y mirando el 
cuadro con atención.) A ver, a ver... ¡Mara- 
villoso! 
¿Eh? 

¿Verdad que ahora se llevan mucho estas pin- 
turas? 

¡Es la última... expresión del idealismo! 
Pero... ¿de vera® le gusta a usted? 
Y envidio sai suerte, querido doctor. 
¿Habla- usted en serio? 

¡Cómo en serio! Estos cuadros están tan de 
moda como el jazz-band y las espaldas des- 
nudas. De¡sde que lo vi en la Exposición de 
Cornelia, quedé prendada de ese lienzo. 
¿Y cómo no lo adquirió usted? 
Porque me dijo que lo tenía ya comprome- 
tida ¡Es una verdadera creación! Ese fon- 
do, sin fondo; ese matiz, sin matices... lo> in- 
cierto de su plan, la estridencia del colori- 
do... ¡Oh! ¡Qué sensación de grandeza! Due- 
le y acaricia a la vez. ¡Es morfina pintada! 
¡Si yo conociese al autor, le besaría las ma- 
nos como a un ídolo! 
(A Clotilde.) ¿Y a ti que te parece? 
¿No es este el cuadro de que tanto han ha- 
blado los perióalcosi? 
Yo quiero saber íu opinión. 
Mi opinión es que este cuadro debe ser algo 
sublime cuando todo el mundo habla de él. 
¡Entonces yo debo estar loco! (Llevándose 
las momos a la cabeza.) 
¿Qué le pasa a usteu? 
No... nada. 

La maldita neuralgia que no le deja un mo- 
mento tranquilo. 
Porque usted quiere. 
¿Yo? 

Claro. ¿Tiene usted más que probar ese re- 
medio infalible? 
¿Cuál? 



45 



Condesa (Sacando una cajita.) Este. Yo no lo dejo de 
la mano. 

Clotilde ¡Ah! Sí. «La Tranquilina». 

Luís ¿En? ¿Tú también lo conoces? 

Clotilde (Sacando una ca¡ita del bolsillo.) No, he que- 
rido decirte nada ; pero es el único remedio 
para mi jaqueca. 

Luis (Arrebatándosela de las manos.) Trae acá. 

Clotilde ¿Eh? 

Luis (Guardándosela.) No faltaría más sino que 

en mi propia casa se diese crédito a estos 
potingues. 

Condesa (A Clotilde.) No se preocupe. (Dándole otra 
cajita.) Tenga usted. 

Clotilde (Guardándosela a hurtadillas de Luis.) Gra- 
cias. _ 

Luis Hay que terminar de una vez con estas char- 

latanerías 1 . 

Condesa ¿Pero no cree usted en la eficacia de ese re- 
medio'? 

Luis (Bromeando.) Sí, señora. Lo creo eficacísi- 

mo para, tomarlo después de haberse exta- 
siado en la contemplación de esa pintura. 

Cornelia (Por la lateral izquierda.) ¿Se puede pasar? 

Clotilde ¡Ah! ¡Cornelia! Adelante, 

Cornelia (Avanza, acompañado de Zambruno.) Me per- 
mito presentar a ustedes al ilustre crítico de 
arte moderno, don Remigio Zambruno. 

Zambru. Señores... 

Cornelia EP doctor del Olmo, su señora., la señora 

Condesa de Valleoscuro. 
Condesa Admiradora de su arte... 
Zambru. Tanto honor. 
Luis Yo les dejo a ustedes. 

Cornelia No, querido doctor... No se marche. 
Luis Mis enfermos... 

Cornelia Que esperen. Los enfermos de usted tienen 
asegurada sn salud aunque tarde usted en 
visitarlos. 

Luis Muchas gracias, pero... 

Cornelia Se trata de algo muy importante. 

Clotilde Ustedes dirán. 

Cornelia No necesito encomiar el talento de la ilustre 
personalidad que me acompaña, 

Clotilde ¡Quién no conoce sus cuadros! 

Condesa Y sus ideas sobre la pintura moderna. 

Zambru. Son ustedes muy galantes. No soy más que 
un sencillo aficionado, al que tienen la bon- 



— 46 — 



dad de escuchar sus opiniones y seguirlas al- 
guna vez. 

Cornelia Y seguirlas siempre. Ya sabemos que la ca- 
sa Vanderwilt le ha encargado de su repre- 
sentación en la Europa latina para la adqui- 
sición de toda clase de obras dignas de figu- 
rar en su Pinacotea de arte moderno. 

Luis ¡Ah! 

Condesa ¡Cuánto honor! 

Cornelia y a eso obedece nuestra visita. 

Clotilde ¡Ah! 

Zambuí. Sí. Cornelia me ha hablado de un cuadro mo- 
dernísimo que ha enviado a ustedes y desea- 
ría conocerlo, po-r si no se deciden a adqui- 
rirlo. 

Luis ¿Es posible? 

Clotilde ¿Viene usted por el cuadro-? 
Zambra. Si no a llevármelo», porque está adquirido, a 
conocerlo. 

Luis (Mostrándoselo.) Vea usted. 

Condesa Fíjese qué maravilla. 

Zambra. (Solemne.) No... no me adelanten impresio- 
nes. Quiero conservar mi independencia. 

Luis Menos mal. Este será sincero. 

Zambra. (Después de mirarlo desde distintos sitios y 
en tono doctrinario.) ¡Señores! Este cuadro 
significa el ingreso-, mejor dicho, el alboreo 
de una nueva modalidad, que trastornando 
los procedimientos conocidos, rompe los an- 
ticuados moldes donde se aprisionaba la ex- 
presión, por la pobreza de los medios. 

Cornelia (a Luis.) ¿Oye usted? 

Luis ¡Yo debo estar loco! 

Zambra. ¿Cuántas noches de fiebre habrá costado pro- 
ducir esta obra genial? No se puede preci- 
cisar. Han debido ser incontables. (Exaltán- 
dose más.) El cubismo fué vencido por el 
triangulismo, a éste le derrotó el sensitivis^ 
mo... en sus más elevadas ramificaciones. 
Ahora, esta orgía de color, este eixp res ioni si- 
mo de líneas, que yo no vacilaría en llamar 
subjetivismo... en sus más elevadas ramifi- 
caciones. Ahora, esta orgía de color, este ex- 
presionismo de líneas, que yo no vacilaría 
en llamar subjetivismo, derroca todos los sis- 
temas conocidos para, proclamar la excelsa 
anarquía de la línea y el matiz... ¡En una 
palabra! Esto es... 



— 47 — 



Luis 
Zamforu. 



Luis 
Clotilde 
Condesa 
Luis 



Clotilde 

Condesa 

Zambru. 

Cornelia 

Clotilde 

Luis 



Juan 
Luis 

Juan 
Luis 
Juan 

Luis 



Juan 
Luis 
Juan 
Luis 



Plácido 
Lázaro 
Luis 



Plácido 



El bolcheviquismo. 

Exacto. El bolcheviquismo en la pintura, 
j Feliz el afortunado; poseedor de esta ma- 
ravilla que lía de ser la antorcha que ilu- 
minará los secretos del arte a las generacio- 
nes venideras. Amigo Cornelia, este cuadro 
lo adquiere la casa Vanderwilt, salvo el pa- 
recer del doctor. 
(Dudoso.) Mi... parecer... 
(A Luis.) Cómpralo. 
No desperdicie usted esta ocasión. 
Ya hablaremos. Ahora tengan la bondad de 
pasar al salón... y esperar a que yo vuelva, 
tomando una taza de te. 
Sí. Acepten* ustedes. Charlaremos de su ar- 
te... 

Y del cuadro. 
Honradísimos. 
Encantados. 

(A Luis.) Que no tardes. 
Descuida. (Los ve marcharse por la primera 
derecha. Mira otra vez. el cuadro y luego 
dice.) ¡Señor! ¿Quién está en su juicio? 
¿Ellos o yo? 

(Por la izquierda.) Señor doctor. 

Sí, el coche. Ya voy. ¡Ah! Llévate ese cua. 

dro a ríii gabinete. 

En la antesala, hay dos caballeros. 

No puedo recibirlos. 

Dicen que necesitan hablar con urgencia a la 
señorita Julia, 

¿A la mecanógrafa? Diles que pasen y avisa 
a esa, joven. Oye. ¿Qué tipo tienen? ¿Son jó- 
venes? 

Más que viegos. 

¿Y ele indumentaria? 

Bastante bien. 

Diles que pasen. (Juan se marcha por la pri- 
mera izquierda y vuelve a salir en seguida. 
Coge el cuadro y se va por la segunda de- 
recha.) Los dos novios. ¿A qué vendrán? 
(Salen PLACIDO y LAZARO.) 
Señor doctor. 
Señor doctor. 

Pasen ustedes. Ahora mismo vendrá la seño- 
rita Julia. Yo mismo iré a avisarla, Creo in- 
útil decirles que quedan ustedes en su casa. 
Muchas gracia s'. 



— 48 — 



Lázaro 
Luis 

Plácido 
Lázaro. 



Plácido 



Lázaro 
Plácido 



Lázaro 
Plácido 



Lázaro 



Plácido 
Lázaro 



Plácido 



Lázaro 
Julia 

Los dos 
Julia 

Plácido 
Julia 

Plácido 
Lázaro 
Julia 



Es usted muy amable. 

Servidor de ustedes. (Se va primera izquier- 
da. Pausa.) 

¡Chico! ¡Qué opulencia de casa! 
¡Y qué lujo de servidumbre! Decididamente, la 
medicina da mucho más dinero que la pin- 
tura. 

Te diré. Cuando se tiene el acierto de caer 
en gracia, vale más dedicarse a pintar a la 
Humanidad que a curarla. 
¿Lo dices por mí? 

Naturalmente. Y cuenta que no es envidia, 
Pero la razón es definitiva. En pocos meses 
has conseguido introducir tus cuadros en los 
salones más encopetados, mientras que yo... 
Sin embargo, tu Tranquilina... 
No hables de ese borrón de mi carrera. Pa- 
rece mentira que produzca tanto dinero una 
cosa que no sirve para nada. 
Algo tendrá, no lo dudes. Fíjate en mi caso. 
Mi obra genial, la que tantos desvelos, tantos 
trabajos me costó, yace manchada y rota en 
un rincón de mi estudio. En cambio, esas 
fantasías de colores, que no tiene para mí 
más trabajo que el de pintarlas, me las arre- 
batan de las "manos. 
Moda. 

Puede ser. O tal vez porque, como tu Tran- 
quilina, tiene ese no sé qué especial, patri- 
monio de los grandes éxitos, y que casi nun- 
ca sabe el autor dónde se encuentra en sus 
obras. 

Sí. Algo como aquel anuncio de aquel em- 
presario: «¡Gran éxito, que ha sorprendida 
a sus mismos autores!)) 
Eso' es. 

(Por primera izquierda.) ¿Dónde están? 
¿Dónde están esos descastados? 
( Acercándose. ) ¡ Julia ! 

¡Plácido! ¡Lázaro! ¡Qué sorpresa más agra- 
dable! 

¿Te complace nuestra visita? 

¡Qué cosas preguntas! Pero ¿qué hacéis ahí 

tan quietos? ¡Venga un abrazo! 

(Sin atreverse.) Julia... 

(Lo mismo.) Julia... 

(Imitando el tono de ellos.) Julia... ¿No os 

da vergüenza? 



— 49 — 



Plácido 
Lázaro 
Julia 

Plácido 

Lázaro 

Julia 

Plácido 

Lázaro 

Plácido 

Lázaro 
Julia 



Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Lázaro 

Julia 

Plácido 
Lázaro 
Julia 
Plácido 



Julia 



Plácido 

Julia 

Lázaro 

Plácido 

Julia 



Plácido 
Julia 



(Mirando a Lázaro.) No es eso. 
(Idem.) No es eso. 

¡Ah! Vamos. Teméis estropear vuestros fla- 
mantes trajes. 
Tampoco es eso. 
Tampoco. 
Entonces... 
Verás... 

Pasábamos por ahí... 

Y como hace dos semanas que no te vemos, 
le dije a éste... 

No, perdona... fui yo quien te lo dijo. 
(Conciliadora.) Los dos, los dos lo dijisteis. 
¡Vamos a dar un abrazo a nuestra novia! 
¿No es esto? 
No... 

Hambre, muchas gracias. 

Dijimos : vamos a ver a Julia, nada más. 

Pues aquí me tenéis. 

¿Estás contenta? 

Mucho. ¿Ya vosotros, cómo os va en vues- 
tro palacio? 

Echando de menos nuestro cuartito de la 
calle del Pez. 

¡Ah! ¿Entonces a ti no te ha gustado tanto 

el cambio como a este ambicioso? 

No. 

Ahora está siempre pensativo. 
¿Es posible? 

Sí, hija mía, sí. Mi buen humor ha muerto 

a manos de la Tranquilina. Ese fantasma 

que me persigue por todas las esquinas 1 y las 

cuartas planas de los periódicos. 

¡Ah! Pues no te apures. En esta casa hay 

un hombre que está dispuesto a ahogar ese 

fantasma. 

¿Quién? 

¡El doctor! 

¿Don Luis del Olmo? 
¡Ay! ¡Ojalá triunfe! 

No lo dudes. Hace un momento ha despedido 
poco menos que a empellones al señor Mas- 
caren, que venía a convencerle. ¡Y si hubié- 
rais oído lo que me dijo a cuenta de ese pro- 
ducto y de los charlatanes que explotan Ja 
credulidad de la gente! 
Tu doctor es una persona sensata, 
Claro que yo no le dije una palabra de (i, 



— 50 — 



Lázaro 

Julia 

Lázaro 

Julia 

Lázaro 



Plácido 
Lázaro 
Julia 

Lázaro 

Julia 

Plácido 

Lázaro 

Julia 

Plácido 

Lázaro 

Julia 

Plácido 



Julia 
Plácido 
Julia 
Plácido 



Julia 
Lázaro 

Julia 
Plácido 

Julia 



Lázaro 



Plácido 



para que él se explicase con toda confianza. 

Como también fingí no conocer al autor del 

famoso cuadro ultramoderno que el señor 

Cornelia le envió esta mañana. 

¿Eh? ¿Un cuadro ultramoderno? 

El tuyo precisamente. Tu «Delirium tremens». 

¡Mi cuadro aquí! ¿Y qué dijo el doctor? 

¡Que era una solemne tontería! 

(Un poco molesto.) ¡Bah! En cambio, mis 

amiradores dicen que este señor Del Olmo 

no entiende ni una palabra de pintura. 

Bueno; pero ¿a esto hemos venido aquí? 

Dices bien... Hablemos de nuestro asunto 1 . 

¡Ah! ¿Traéis un asunto? Entonces no os 

agradezco la visita. 

Venimos a tratar de algo muy serio'. 

Me asustáis. 

Tranquilízate, porque tu voluntad ha de de- 
cidir, y estamos dispuestos a acatarla. 
Sin ninguna discusión. 
Me estáis intrigando. 
(A Lázaro.) Habla tú. 
No, tú. 

En fin. ¿De qué se trata? 

Ya, te lo puedes figurar. Sabes muy bien el 

puesto que ocupas en nuestros corazones; 

sabes que te queremos de verdad... 

Y yo a vosotros; pero ¿es que lo dudáis? 

No. 

Entonces... 

Peroi tanto Lázaro como yo estamos obliga- 
dos a velar por ti... y separada de nuestro 
lado, no es posible. 
¿ Cómo ? 

En una palabra. Este y yo estamos de acuer- 
do 1 . Este y yo... 
Este y tú... ¿qué? 

Este y yo... estamos enamorados de ti... ¡ Ea ! 
Ya está dicho. 

(Los mira alternativamente como espanta'da. 
Plácido baja la cabeza, Julia dice fingiendo 
alegría.) ¿Estáis de broma? 
(Nervioso.) No es broma. Plácido, dila que 
no es broma. 

(Plácido calla, Julia le mira ansiosamente, al 
ver su silencio se deja caer en una silla y 
queda perisaliva, Pausa.) 
(Dulcemente a Julia.) ¿Te hemos ofendido? 



— 51 — 



Julia 

Plácido 

Lázaro 
Julia 

Plácido 



Lázaro 
Julia 



Julia (Casi con el aliento.) No. 

Plácido (A Lázaro.) ¿Ves? ¡Eres un imprudente! 
Lázaro (Siempre nervioso.) Imprudente, no. Me 
gustan las situaciones despejadas. Hasta 
ahora, he debido callar. Hoy que nuestro por- 
venir es seguramente bueno, debemos deci- 
dirnos. Ya lo sabes, Julia. Los dos te que- 
remos. Los dos estamos de acuerdo. Tienes 
que casarte. 

(Pretendiendo tornad ,a burla la situación.) 
¿Con los dos? 

No te burles, Julia. Queremos saber tu de- 
cisión. 

Elige el que más te agrade. Te lo exigimos. 
¡Ja, ja! ¿Sebéis que ésta es una forma muy 
nueva y muy graciosa de pedir la mano a 
una muchacha? 

No hemos encontrado otra más adecuada. 
Lázaro y yo- somos buenos amigos, y hemos 
jurado no preguntarte nada separadamente. 
Por eso hemos venido los dos juntos. 
(Suspirando.) ¡Ay, y qué egoístas sois todos 
los hombres! (Imitándolos.) ¡Nosotros esta- 
mos ya de acuerdo! ¡Nosotros estamos con- 
formes! ¡Tienes que elegir entre nosotros, 
aunque tú no estés de acuerdo ni conforme 
con nuestra parecer! 
Los dos ¿Eh? 

Julia ¡Naturalmente! ¿Qué sabéis vosotros si pa- 

ra esa elección que me proponéis no existe 
algún obstáculo? 

Plácido ¿ Cómo ? 

Lázaro ¿Eh? ¿Qué obstáculo es ese? ¡Habla! ¿Aca- 
so no te dejamos elegir libremente? ¿No te 
damos el tiempo que quieras para decidir? 
¿Hemos hecho algo por violentar tu volun- 
tad? ¡Dilo! Y si no, no; no digas nada. En- 
séñanos el medallón que te regalamos para 
ver si está vacío. 

Julia (Llevándose las manos al cuello para ocul- 

tarlo.) ¡No! 

Lázaro ¡ Ah ! Está bien. Está ocupado y no es nin- 
guno de nosotros. 

Plácido ¡Ya, sabemos la verdad! 

Julia (De pronto.) ¡La verdad! ¡Nunca! ¡ Qué ha- 

béis de' saber! 

Lázaro Entonces... ¿por qué no* quieres enseñar esc 
medallón? 



— 52 — 



Plácido ¡Es otro hombre! 
Julia ¡Y aunque así fuese! 

Lázaro ¡Nos has engañado! 

Julia ¿Y vosotros por qué me hacéis sufrir a mí? 

¡No tengo a nadie en el mundo más que a 
vosotros! Lo mejor, lo más hermoso de mi 
vida está unido a vosotros... ¡Y lo más tris- 
te también!... Os quiero a los dos... mucho, 
¡mucho! Pero si pretendéis obligarme a que 
elija a uno para marido... entonces... debo 
deciros con franqueza... que no me gusta 
ninguno de los dos. 

Lázaro ¡ Julia ! 

Julia (Firme.) ¡Ninguno de los dos! 

Lázaro ¡Cuánto has cambiado en poco tiempo! 

Julia Al contrario. Los que habéis cambiado sois 

vosotros... Ahora tengo que empezar a cono- 
ceros de nuevo'... si es que os he conocido al- 
guna vez. 

Luis (Por la lateral izquierda. Viene agitadisimo, 

nervioso.) No estoy en casa para nadie. (A 
Julia.) Descuelgue usted el aparato, para que 
no me llamen por teléfono. (Paseando ner- 
vioso.) No quiero ver a nadie. 
Julia ¿Se siente usted mal? 

Luis ¡Es la primera vez que he tenido que sus- 

pender mis visitas! (Á Plácido y a Lázaro.) 
Ruego a ustedes que me perdonen. 

Julia ¿Aviso a la señora? 

Luis No, por Dios. Necesito absoluta tranquilidad. 

(A Plácido y a Lázaro.) No... no se marchen, 
(Sentándose en una butaca del foro.) Esto 
pasará con un poco de reposo. 

Julia (Sirviéndole un vaso de agua.) Beba usted. 

Luis (Bebe un sorbo y lo deja sobre la mesa.) Gra- 

cias. Figúrese usted que la Duquesa, esa se- 
ñora tan sensata, tan enemiga de innovacio- 
nes... ¡está también entusiasmada con esa 
maldita Tranquilina! Y sólo para eso me ha • 
llamado a su casa,, contándome curas mila- 
grosas, y hasta me ha dado esta caja de se- 
llos para, que los analice. ¡La locura! (Saca 
la caja del bolsillo y la de¡a sobre la mesa.) 

Julia (Mirando a Plácido.) ¿Es posible? 

Luis Se ha permitido decirme que en cinco minu- 

tos ha hecho desaparecer lo que mis recetas 
y mi régimen no han conseguido en tres 
años. ¡Oh! ¡Es para volverse loco! 



— 53 — 



Usted? ¡Pero esto es una 



Yo también opino como us- 



Plácido Tranquilícese... Está usted muy excitado. 

(Tomándole el pulso.) 
Luis ¿Es usted profesional? 

Plácido Un poco, sí, señor. (Riendo.) Y por mi des- 
gracia, el autor de esa Tranquilina que tan- 
to le preocupa. 

Luis (Levantándose.) 
pesadilla ! 

Plácido No se preocupe. 

ted. Yo tampoco creo en su eficacia. 

Luis ¿Y es usted el inventor? No lo entiendo. 

Plácido La, necesidad, querido doctor, hace a veces 
cosas que no las entiende uno mismo. 

Luis ¿Y si yo le dijese a usted que estoy tentado 

a probar...? 

Julia '¿La Tranquilina? 

Luis ¿Por qué no? A ver si reviento de una vez, 

con lo cual estaremos en lo firme el inven- 
tor y yo o me convenzo también de su efica- 
cia, como todo el mundo. (Saca un sello de 
la caja, lo toma y bebe un sorbo de agua. Es- 
te detalle lo debe ver bien el público.) 

Clotilde (Por la primera derecha, seguida de la CON- 
DESA, ZAMBRVNO y COMEELA.) ¡Oh! 
¡Qué cuadro! ¡Qué cuadro! 

Condesa ¡Es una pintura maravillosa! 

Cornelia Hay que ver el efecto de contraluz. 

Zamforu. Decididamente me lo llevo si su marido de- 
siste de la compra. 

Clotilde ¡Oh! Nunca. Yole convenceré. ¡Ah! ¿Estás 
ahí? A propósito. (Se acerca a Luis y habla 
animadamente.) 

Lázaro. (Al ver a Cornelia.) ¿Eh? 

Cornelia ¡Ilustre pintor! ¿Usted aquí? 

Zambru. ¿Un pintor? 

Cornelia Señores. Tengo el honor de presentar a us- 
tedes al autor de esa maravilla. 

Condesa (Comiéndosele con los ojos.) ¿Usted? ¿Es us- 
ted Lázaro Durango? 

Lázaro Señora... 

Condesa ¿Ya qué feliz casualidad se debe esta visita? 

Y digo feliz, porque supongo que no estará 

usted enfermo. Los artistas como usted no 

tienen derecho a enfermar. 
Lázaro Muchas gracias, señora. Hemos venido a ver 

a nuestra hermana, 
Cornelia ¡Ah, sí, la señorita Julia! 
Clotilde (A Julia.) ¿Es usted hermana del señor? 



— 54 — 

Julia (Titubeando.) Casi, casi. 

Luis (A Lázaro.) ¿De modo que usted es el autor 

del delirio? 
Lázaro Sí, señor. De ese mamarracho. 
Condesa (Amable.) No diga usted herejías. 
Zambru. ¿Quién se atreve a calificar de ese modo una 

obra genial? 

Lms Yo... yo... que indudablemente estaba loco. 

Pero ahora, más tranquilo y oyendo tantas 
opiniones de personas de talento, no 1 tengo 
inconveniente en proclamarlo como una ma- 
ravilla, y me quedo con él. (Llama.) ¡Juan! 

Zambru. ¡Lo siento por los Vanderwilt! 

Juan (Por la primera izquierda.) Señor. 

Luis Trae ese cuadro del gabinete. (Juan se mar- 

cha primera izquierda.) ¿Por qué se ríe us- 
ted, señorita? 

Julia Me parece_que ha desaparecido su dolor de 

cabeza. 

Luis En efecto. Estoy mucho más tranquilo. Mis 

nervios comienzan a entonarse. No cabe du- 
da ; el remedio es milagroso. Se ha equivo- 
cado el inventor. 

Plácido ¿Qué remedia? 

Luis La Tranquilina. 

Clotilde ¿La has probado? 

Luis Hace un instante. 

Condesa ¿Y le ha hecho efecto? 

Luis Inmediatamente. 

Julia De manera que usted opina... 

Luis Que estaba equivocado. r Ese producto es in- 

dudablemente una panacea que hay que po- 
ner al alcance de todo el mundo. 

Plácido No lo crea usted. Ese producto es sencilla- 
mente... 

Luis (Deteniéndose.) Mi experiencia y mi presti- 

gio no pueden engañarme. Es una droga ver- 
daderamente milagrosa. Señores. Aquí pre- 
sento a ustedes al inventor de la Tranqui- 
lina. 

Todos ¿Eh? 
Cornelia ¿Usted? 

Clotilde (A la Condesa.) Es muy simpático también. 
Condesa Ya lo creo; ¡hoy es día de fiesta en esta 
casa! 

Clotilde Efectivamente. 

Condesa ¡Conocer en un momento dos artistas tan in- 
teresantes ! 



- 55- 



Juan (Saliendo con el cuadro por primera dere- 

cha.) Aquí está el cuadro. 
Luis ¡ Maravilloso ! 

Zarnbru. ¡ Genial ! 

Condesa (Tiernamente a Lázaro.) Digno de besar la 

mano que lo pintó. 
Lázaro {Ufano.) Señora... 
Juan ¿Lo dejo aquí? 

Luis Ahora sí. Luego me ayudarás a colocarlo en 

el sitio de honor. 
Clotilde ¿Dónde? 

Luis En mi despacho. Junto a mis diplomas. 

Lázaro ¡Mi cuadro en el sitio de honor! 
Julia (a Lázaro.) ¡Esta es la ocasión! ¡Aprové- 

chala! 

Lázaro (Sin comprender.) ¿Cómo? 

Julia Diles que es una burla. Que tu cuadro es 

una caricatura de ese arte que tanto les en- 
loquece. Que el verdadero arte es el de aquel 
cuadro que está en un rincón de tu estudio, 
y que fué tanto tiempo nuestra única ilusión. 

Lázaro (Con orgullo.) ¿Y quién me dice a mí que no 
tienen razón? 

Plácido (Extrañado.) ¿En? 

Lázaro ¿Y si he sido yo el engañado? 

Julia ¡Lázaro! 

Lázaro Sin duda he sabido crear un arte nuevo. La 
gente lo proclama... todo el mundo lo dice... 

Plácido Oye, oye, no te pongas moños, que también 
dice todo el mundo que mi Tranquilina es una 
maravilla. 

Lázaro Y lo será. 

Plácido (También con orgullo.) Pues claro que lo es. 

Julia (Interviniendo.) Sí, hijos, sí, no discutir; es- 

tábamos equivocados los tres; decididamen- 
te tú eres... 

Lázaro! (Con énfasis.) Un Miguel Angel. 

Julia (A Plácido.) Y tú... . 

Plácido (Dándose tono.) Un Sáiz de Carlos.— (Tetón.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



pai m m m m m m m tai m 



Acto tercero 



Lujosísimo salón, en donde ha establecido su Exposi- 
ción de cuadros de pintura ultramoderna el celebérrimo 
Lázaro, creador de los retratos del alma. Puerta de 
entrada en la lateral izquierda, primer término. Otra 
puerta, con mampara, en segundo término, que condu- 
ce al taller. Al fondo, un gran arco de marnpostería que da 
acceso a otra habitación, cuyas paredes están llenas de 
cuadros de todas formas y tamaños, representando con 
figuras estrambóticas los retratos del alma. En el centro 
de la escena, y precisamente debajo de la clave del arco, 
un puff o asiento circular, en cuyo centro se yergue una 
columnita que sostiene una estatua, también de género 
y estilos extravagantes. La luz entra a raudales por la 
montera de cristales que sirve de techo a esta habita- 
ción. Muebles extraños, lujosos y elegantes. Alfombras 
y tapices raros. Todo, en fin, cuanto pueda dar una nota 
de modernísima extravagancia al lugar de La acción. 
Al levantarse el telón aparecen el señor ZAMBRUNO, 
COMEELA, DON LUIS DEL OLMO y CLOTILDE exa- 
minando los cuadros del saloncito. PLACIDO les sirve 
de cicerone. 

Zamiwru. (A Cornelia, que toma notas en un cuaderni- 
to.) Decididamente; anote usted esos dos 
cuadros. 

Cornelia (A Plácido.) ¿Cómo los titula? 

Plácido «El crepúsculo de los átomos» y el ((Retrato 
del alma de una huérfana». 

Zamforu. Son las obras maestras de esta exposición 
de pintura impresionista. 

Luis En efecto. No se puede expresar la impre- 

sión con mayor exactitud. 

Cornelia Ha sido una cosa natural/sima; el arte del 



— 58 — 



Clotilde 
Plácido 



Clotilde 
Cornelia 



Luis 
Plácido 



Cornelia 

Plácido 

Luis 
Plácido 

Cornelia 



Luis 

Plácido 
Clotilde 

Luis 
Zambru. 
Luis 
Clotilde 

Cornelia 

Zambru. 
Luis 
Clotilde 
Luis 



maestro evolucionará hasta convertirle en un 

retratista especial. 

¡Ah! ¿Pero estos son retratos? 

Retratos del alma. La novedad sensacional 

que ha producido Lázaro en estos últimos 

meses. 

¡ Qué cosa más rara ! 

¡Ni mucho menos! Las maestros de la es 
cuela antigua pintaban los retratos de la ma- 
nera más parecida. Esto es. Dibujaban la figu- 
ra tal como era,, haciendo simplemente una 
sencilla fotografía. Lázaro no pinta lo exte- 
rior de la persona, lo que ve todo el mundo, 
sino su cara interna ; en una palabra, su ca- 
rácter, su alma... 
¿Y cómo se las arregla?... 
El me ha confiado su procedimiento. En la 
primera sesión fija en el color del fondo el 
carácter de su modelo, y después de un es- 
tudio detallado, va sombreándolo delicada- 
mente, hasta que aparece el alma. 
Compresionismo absoluto, traducido en psi- 
cología. 

(Señalando un cuadro.) Vean ustedes este re- 
trato del alma de un militar. 
Interesantísimo'. 

Esa humareda verde es definitiva. Se perci* 
be el olor de la pólvora y el aroma del laurel 
¡Oh! En el procedimiento aventaja a los 
grandes maestros. Ya sabemos que en estas 
pinturas no se explotaba más que la línea 
Esa clásica línea que comienza en Goya y 
termina en Rosales. 

Eso, no. Porque ¿dónde me deja usted a Ve- 
lázquez? 

Velázquez pertenece a otra línea. 
La Condesa dice que no sabe qué admirar 
más en Lázaro : si la expresión o el colorido. 
La Condesa no es voto en esta ocasión. 
¿Por qué? 

¡Está enamorada del artista! 
¡Bah! Habladurías. 

No lo crea usted. Hasta se asegura que ya 
han fijado la fecha de la boda. 
¿Es posible? 

No se habla de otra cosa en Madrid. 
Y a todo esto, ¿dónde está el maestro? 
Quisiéramos saludarlo. 



— 59 — 



Plácido 

Clotilde 
Plácido 
Luis 
Plácido 

Cornelia 
Plácido 



Luis 



Condesa 



Lázaro 

Condesa 

Lázaro 

Condesa 



Lázaro 

Condesa 

Lázaro 



Condesa 

Lázaro 

Condesa 

Lázaro 
Condesa 



Lázaro 

Zambra. 
Condesa 



Es difícil. Lleva dos horas encerrado en su 

estudia 

¿Trabajando? 

Sí. 

¿En día festivo? 

¿Qué quieren ustedes? Imposiciones .de so 
modelo, que no le deja momento libre. 
¿Algún nuevo cliente? 

La Condesa viene diariamente para que le ha- 
ga el retrato del alma. (Todos se miran son- 
riendo significativamente.) ¡Ah! Aquí están 
ya. (Mirando hacia la galería.) 
No les interrumpamos. Es el arrullo de des- 
pedida. (Se repliegan todos hacia el foro de- 
recha, quedando dentro de la segunda habi- 
tación.) 

(Con LAZARO por la galería de la izquier- 
da; se dirigen al proscenio sin ver a los otros. 
Vienen muy amartelados.) Nunca olvidaré es 
tas sesiones tan agradables, querido artista. 
Ni yo. Estas dos horas de dulce intimidad 
transcurren más aprisa cada día. 
¡Oh! ¡La hora peligrosa! 
¿Dónde está el peligro? 
En todo... En el ambiente... en nosotros.., 
¿Por qué no lo advertí a tiempo para huir de 
usted? 

¿Y por qué evitarnos? Somos libres... 
Usted no. Usted tiene ciertos compromisos.., 
¿Se refiere usted a Julia? Yo estoy dispues- 
to a demostrarle a usted que entre esa mu- 
chacha y yo no ha existido nunca nada más 
que un cariño puramente fraternal. 
Desconfío de esos afectos entre extraños. 
¿Qué haría yo para convencerla a usted? 
Todo lo que usted crea que puede serme agrá, 
dable. 

Y si llego) a conseguirlo... 
Entonces... (Pausa. Se miran cariñosamente, 
ZAMBRUNO, LUIS, CLOTILDE y C O MELLA 
tosen discretamente.) 

(Al oírlos, se separa de la Condesa y se vuel- 
ve hacia los otros.) ¡ Ah! ¿Están ustedes ahí? 
Contemplando sus creaciones. 
(Con volubilidad, por ocultar su azoramien- 
to.) Señores. El maestro acostumbra a. ofre- 
cerme una copa de Jerez antes de retirarme. 
¿Quieren ustedes venir conmigo? 



— 60 — 



Cornelia Ya lo creo. 
Clotilde Encantados. 

Luis Así charlaremos de lo que se murmura por 

ahí. 

Condesa ¿Por qué no? Vamos. 

Lázaro. (A la Condesa, bajo.) Tenemos que hablar. 
Condesa (Idem.) ¿Luego? ¿En casa? 
Lázaro No. ¡Ahora, aquí! 

Luis (A Plácido, que está senlado en el puff.) ¿Se 

queda usted? > 
Plácido Sí. Tengo que decir una palabra... a éste... 
Lázaro. ¿A mí? 

Condesa No se detengan ustedes mucho. 
Plácido Descuide usted. 

(Se marchan todos por la segunda derecha. 

Quedan en escena Plácido y Lázaro.) 
Lázaro Tú dirás. 

Plácido Ante todo, vas a contestarme con sinceridad 

a lo que te pregunte. 
Lázaro Como siempre. 

Plácido Como siempre no, como antes... como... 

(Por la primera izquierda aparece la CRIA- 
DA.) 

Criada Señorito. 
Lázaro ¿Qué quieres? 
Criada Ahí está el Guardia. 

Lázaro ¡El Guardia! Dile que no puedo recibirle, que 
tengo... visita... que tengo fiebre... 

Criada Es la tercera vez que viene hoy... Y cuando 
le digo que no puedo pasar recado, se enfada 
mucho, y a mí, la verdad, me da miedo, ¡ co- 
mo trae esos pelos tan alborotaos! 

Lázaro Bueno, bueno ; que vuelva luego o mañana ; 
mejor mañana, a las diez. 

Criada Está bien. (La Criada hace mutis.) 

Lázaro Vaya una, ganguita que me proporcionaste. 

Plácido Querido Lázaro, tú no eres el mismo desde 
que has cambiado de fortuna. 

Lázaro. ¿Tienes algo que reprocharme? 

Plácido Materialmente, no. Moralmente, sí. Y no es 
dinero lo que necesito', es... amistad... Y co- 
mo tú, por tus muchas ocupaciones, no pue- 
des ofrecérmela, he comprendido que aquí 
soy un estorbo. 

Lázaro ¡Plácido! 

Plácido Sí. Esta casa es demasiado pequeña para los 
dos. 

Lázaro Pero... ¿a qué viene...? 



— 61 — 



Plácido Dime : ¿es cierto lo que se murmura de la 

Condesa y de ti? 
Lázaro Según lo que sea. 
Plácido Se dice que os casáis. 
Lázaro 1 Es posible... pero... 
Plácido Basta. ¿Lo sabe Julia? 
Lázaro; No... Es decir... como no ha venido por 

aquí... 

Plácido Has debido ir a buscarla. 

Lázaro 1 ¿Para qué? ¿No la has visto tú? 

Plácido Yo no he vuelto a verla, porque estoy con- 
vencido de que es a ti a quien prefiere. Cla- 
ro, tienes menos años... no muchos, ¿eh?; 
tienes más tipo>... no mucho, ¿eh? 

Lázaro Ya estás con el sermón de siempre... Nos pre- 
fiere a los» do>s por igual. Recuerda nuestra 
última entrevista... A los dos nos rechazó... 
Y no me parece digno ni prudente asediar a 
una muchacha que con tanta franqueza nos 
ha desengañado. 

Plácido ¿Y por eso vamos a abandonarla? 

Lázaro ¿Abandonarla? Es ella la que huye de nos- 
otros. 

Plácido Con razón. Si nuestro cariño hubiese sido me- 
nos egoísta, tal vez estaría a nuestro lado. 
Por este despego... este alejamiento... 

Criada (Volviendo a salir.) Señorito. 

Lázaro (Alarmado.) ¿El Guardia otra vez? 

Criada Una joven que se llama Julia. 

Plácido (Con alegría.) ¡Ella! 

Criada Le he dicho que el señorito estaba ocupa- 
dísimo'. 

Plácido Mal hecho; que pase, que pase en seguida. 

(La Criada mira a Lázaro como pidiéndole 
autorización.) 

Plácido (Enfadado.) ¿No has oído que pase? (La 
Criada hace mutis.) Ya ves, hasta los criados 
saben aquí quién es el verdadero dueño. 

Julia (Aparece en la primera izquierda, sonrien- 

te.) ¿Dan permiso los señores? 

Plácido (Corriendo a abrazarla con mucha alegría.) 
¡ Chiquilla ! 

Lázaro (Alegre.) ¡Gracias a Dios que te vemos por 
aquí ! 

Julia Vaya criadita impertinente. 

Lázaro (Jovial.) ¿Qué quieres? Los que vivimos en 
grande... 

Julia Nunca creí que llegase el día en que para 



— 62 — 



entrar en vuestra casa necesitaría hacer an- 
tesala. 

Lázaro Como la criada no te conoce. 
Julia ¿Ni siquiera de oídas? 

Plácido Si hubiésemos sabido que venias, estaría en- 
galanada nuestra puerta con arcos de flores. 
¡Para nosotros es una fiesta verte aquí! ¡Ya 
lo sabes! Dime: ¿vienes para vivir con nos- 
otros? ¡Ojalá! Porque créeme, Julia, te echa- 
mos mucho de menos. ¡Te necesitamos! Con- 
que, dime, ¿cómo estás? Mira, Lázaro. ¿No 
la encuentras más pálida? ¿Estás enferma? 
(Llevándola al puff.J Ven acá, siéntate aquí. 
Este diván no se balancea como el de nues- 
tro antiguo cuartito... ¡Este se hunde! Pero, 
quítate el sombrero, el abrigo... ¡Pide lo que 
quieras! ¡Estás en tu casa! 

Julia ¡ Ay, hermanos míos ! ¡ Cuando os diga lo que 

me sucede ! 

Lázaro, ¿Qué es ello? 

Julia Vengo a despedirme de vosotros. 

Plácido ¿ Despedirte ? 

Lázaro ¿Y tu colocación? 

Julia La he tenido que dejar. 

Plácido ¿Por... lo de siempre? 

Julia (Sonriendo.) Sí... 

Plácido ¡Ah! ¿De modo que el austero doctor Del 

Olmo?... ¡Lo mato! 
Julia ¡ Quieto ! 

Plácido Déjame. Voy a verle... Ahora no tengo las 
botas rotas. 

Lázaro No faltaba más sino que deis uni escándalo en 
mi casa... 

Julia ¡ Ah! ¿Pero está aquí el doctor? 

Lázaro Con su señora. Y no es cosa de buscar un 

conflicto por 1 una tontería. 
Julia Dice bien Lázaro. No vale la pena. Además, 

puede que mi marcha obedezca más que a las 

insinuaciones del doctor, a las impertinencias 

de su señora. 
Plácido ¿Pero adonde te vas? 

Julia Fuera de Madrid. Con una hermana de mi 

padre. Se ha quedado viuda y me recogerá 
por egoísmo. 

Plácido ¡Eso sí que no! 

Lázaro Déjala. Ya ves que quiere abandonarnos por 
capricho. 

Julia Te equivocas, Lázaro. Y como buena herma- 



— 63 — 

na, os lo diré todo con franqueza, Me marcho 
de vuestro lado porque a pesar de vuestro 
cariñoso recibimiento, del lujo que os rodea, 
me parece que no sois aquellos que yo cono- 
cí en mi niñez al veros rodeados de un esplen- 
dor tan falso. 

Lázaro Permíteme; aquí todo es oro de ley. 

Julia Menos vosotros. Y como vuestro porvenir 

está ya hecho, dejadme que yo busque mi 
tranquilidad lejos de vosostros. 

Lázaro (Enternecido.) ¡Julia! 

Plácido (Más enternecido.) ¡¡Julia!! 

Julia Vamos. ¡No hay que conmoverse! Alegré^ 

monos. 

Plácido ¡Eso! ¡Alegrémonos! ¡Cómo se conoce que 

yo soy el único que pierde en este lance ! 
Julia ¿tú? 
Lázaro ¿El único que pierde? 

Plácido ¡Claro! (A Julia.) Tú, te vas a vegetar tran- 
quilamente a ese poblacho... y puede que en- 
cuentres algún ricachón que se enamore de 
ti... 

Julia No digas tonterías. 

Plácido ¿Qué? ¿Nó te crees digna de hacer la feli- 
cidad de un ricachón? 
Julia ¡ Como vosotros la de una millonaria ! 

Plácido EsoL: díselo a éste. 
Julia ¿Eh? 

Plácido Sí. Ahí lo tienes. Por si eran pocos los favo- 
res que ha recibido de la fortuna, ahora le 
pone a su alcance una corona condal. 

Julia (Con alegría.) ¿Es posible? 

Lázaro ¡Bah! ¡No le hagas caso! 

Plácido No seas hipócrita. La Condesa está enamo 
rada de ti. 

Julia (En el colmo de la alegría.) ¿De veras? 

Plácido ¿Pero... tú no has oído nada? 
Julia ¡Ni una palabra! ¡Cómo había de figurar- 

me!... ¡Es el colmo de la felicidad para til 
Lázaro ¿Lo dices de corazón? 

Julia ¿Puedes dudarlo? ¡Tú Conde! ¡Antes de 

marcharme preséntame a tu novia para darla 
un ,beso de hermana! 

Plácido ¿Pero... hablas en serio? 

Julia En serio... pero con mucha alegría. ¡Si para 

mí no hay más goce que vuestra felicidad! 

Lázaro' (Abrazándola.) ¡Ay, Julia de mi alma! 

Julia (Aí verle temblar de emoción.) ¿Qué te pasa? 



— 64 — 



Lázaro 
Julia 
Lázaro 
Plácido 

Julia 
Plácido 

Lázaro 



Julia 

Lázaro 

Plácido 
Julia 

Lázaro 
Julia 

Condesa 



Julia 

Lázaro 
Julia 

Condesa 

Plácido 

Lázaro 

Plácido 
Lázaro 

Plácido 



Julia 

Condesa 
Julia 

Condesa 
Julia 

Condesa 
Julia 



Si tú quisieras... 

¿Qué?... 

No me atrevo... 

(Amargado.) Déjate de rodeos. Ya ves que no 
le importa que nos casemos con otras. 
(Algo seria.) ¡Ah! ¿Tú también te casas? 
¿Yo? Yo no tengo suerte ni para encontrar 
novia. 

(Atento a su asunto.) Verás... No la distrai- 
gas... Es que esa señora... está aquí... en 
casa... y quisiera... desearía... 
¿Qué? 

Nada... no me atrevo. (A Plácido.) ¡Anda,, 
díselo tú! 
(Furioso.) ¿Yo? 

Pero señor... ¿tan delicado es que no os atre- 
véis a decírmelo? 
No es eso... es que... verás... 
Habla. 

(Por la segunda derecha.) ¿Pero todavía du* 
ra esa conferencia? '(Fijándose en Julia.) \ Ah! 
¿Usted aquí? 
¡La Condesa! 

No ha podido salir más a tiempo. 

Vengo de despedida... 

¿De despedida? 

Sí. Se marcha, de Madrid... 

(Atajándole.) Ven acá. Déjalas que charlen. 

Nosotros también tenemos que ¡Jiablar. 

Pero. . . 

Ven. No seas pesado. Comprende que se tra- 
ta de mi felicidad. 

(Dejándose llevar por Lázaro.) Te advierto 
que a mí ya todo... Prim. (Se van los dos se- 
gunda derecha.) 

(Viéndolos alejarse y sonriendo.) Qué herma- 
nos tengo más simpáticos, ¿verdad? 
Debe usted quererlos mucho. 
¡Figúrese! ¡Estamos tan unidos desde mi 
niñez! 
¡Ah! 

Los dos han sido todo para mí ¡Gomo mi 
madre lo fué para ellos! 
¿La conocieron? 

¡Y la adoraban! ¡Aún me parece verlos 
cuando llegaron de su provincia, tan animo- 
sos! ¡Aún los recuerdo cuando agotados ta* 
dos sus recursos, deshechas sus ilusiones l 



— 65 — 



Condesa 
Julia 



Condesa 



Julia 

Condesa 
Julia 



Condesa 

Julia 

Condesa 

Julia 

Condesa 

Julia 

Condesa 
Mascaren 

Condesa 
Julia 

Mascarell 
Julia 



pero alentados siempre por la consoladora 
evidencia de su talento, se despidieron un 
día de nosotras, como hoy me despido yo de 
ellos, vencidos, pero no humillados... rendi- 
dos, sí... porque no se encontraban con fuer- 
zas suficientes para derribar los obstáculos 
que el mundo levantaba en su camino... y 
mamá, que creía en ellos, que los adoraba ce- 
rno hijos suyos, lloraba su derrota y les ofre- 
cía nuestra pobreza para seguir luchando! 
¿Y ellos aceptaron? 

No, señora. Conocían nuestra situación y no 
querían sernos gravosos. Pero yo, que enton- 
ces tenía diez años, al verlos marchar, me 
arrojé en sus brazos y les dije : «Si os vais, 
llevadnos con vosotros.» Y Plácido, que siem- 
pre fué el menos impulsivo, gritó : « ¡ Me que- 
do! ¡Nos quedamos aunque no sea más que 
para ver sonreír a este angelito!...» Luego... 
al perder a mi madre, formamos un lazo tan 
apretado, unimos nuestras voluntades con 
tanta firmeza, que penas y alegrías fueron 
anas, y aspiraciones y deseos iban encami- 
nados a un solo fin : nuestro cariño. 
¿Y nunca pensó usted que algún día otro 
hombre le pediría a usted un sitio en ese co- 
razón tan lleno por sus amigos? 
(Sencillamente.) No. Como tampoco pensé 
que una mujer podría reclamárselo a ellos. 

Y si ocurriese... 

Creo que también amaría a la mujer que 
ellos prefiriesen y la besaría como a una her- 
mana. 

(Conmovida.) Julia. 
¿Qué? 

¿Cree usted leal el corazón de Lázaro? 

Como el del otro. (Pausa.) 

¿Quiere usted darme un beso? 

Acabo de pedirle a Lázaro que me concediese 

usted ese placer.. 

Es usted encantadora, (Se besan.) 

(Por la primera izquierda.) ¡Precioso grupo 1 

¿Es alguna creación del maestro? 

¡Ah! 

¡El señor Mascarell! 

Ustedes perdonen. Vengo a tratar sobre un 
anuncio que acaba de ocurrírseme... 

Y desea usted ver a Plácido. 



— 66 — 



Mascarell No, señorita. A Lázaro, que es quien ha de 

hacerme el cartel. 
Condesa Yo misma iré a avisarle. 
Mascarell ¡Oh, señora! Tanto honor... 
Condesa No me lo agradezcas. Estoy tan satisfecha, 

que quisiera que todo el mundo necesitase 

de mí para favorecerle... Adiós... Julia. (Se 

va segunda derecha.) 
Mascarell ¡Qué contenta está la señora condesa! 
Julia No le extrañe. Acaban de retratarle el alma... 

y ha salido azul celeste... 
Mascarell ¡Ah, vamos! ¡La nueva especialidad del 

maestro ! 

Plácido (Serio.) Felices, señor Mascarell. 
Mascarell Hola, querido consocio... 
Plácido Ha venido usted muy a propósito. 
Mascarell Yo suelo ser siempre muy oportuno. ¿Tiens 

usted algo que decirme? 
Plácido Nada. Enviarle esta carta. (Se la da.) 
Mascarell Pues le he ahorrado a usted el sello. Venga. 
Plácido Ahí va. Léala, 
Mascarell ¿Es referente a nuestro negocio? 
Plácido Precisamente. Lea usted. 
Julia ¿Qué significa esto? 

Plácido Que yo también estoy decidido. Que aquí cada 
uno busca su felicidad, apartándose de los 
otros... 

Julia ¿Qué? 

Plácido Que me marcho Sí, me marcho lejos. Don- 
de nadie me conozca, donde no tenga afec- 
tos... ni amigos... muy lejos... a Torrelodo- 
nes, a Guadarrama... 

Julia ¿Pero te has vuelto loco? 

Plácido No. Me he vuelto... egoísta. 

Mascarell (Después de terminar su lectura.) ¡Me pa- 
rece que está usted algo chiflado! 

Plácido Señor Mascarell. Mi resolución es irrevoca- 
ble. 

Mascarell ¡ Romper una asociación que nos produce tan- 
to dinero! 

Plácido ¡Que le produce a usted, querrá decir! 
Mascarell Alto ahí, amiguito. Creo que yo nunca le he 

regateado un céntimo sobre sus fórmulas... 
Plácido Precisamente. Se acabó la explotación. 
Mascarell ¡ Ah, vamos ! Esto lo hace usted para sacar* 

me más dinero. 
Plácido ¡Señor Mascarell! 
Julia ¡Plácido, por Dios! 



- 67 — 



Mascareil ¡Calma, calma! Le daré otra cantidad. La 
que usted exija, y una participación en las 
ganancias. 

Plácido No quiero ni un céntimo más. Al contrario. 

Estoy dispuesto a devolverle el dinero que 

me dio... 
Mascareil ¡Bah, bah! 

Plácido y añadiremos lo que le plazca por anular 
nuestro contrato. 

Julia ¿Eso es íq que le dices en la carta? 

Mascareil Ya ve usted qué simpleza. ¡Un negocio tan 
bonito! Con el nombre hecho. Con millares 
de certificados de testimonios de las eminen- 
cias médicas... 

Plácido Yo descubriré que esas eminencias han elo- 
giado una tontería, 

Mascareil ¡Usted no hará eso,! 

Plácido ¡Ya lo veremos! 

Mascareil ¡Le llevaré a los Tribunales y me pagará us- 
ted daños y per juicios! 
Plácido ¡Veremos a quién condenan los jueces! 
Mascareil ¡Estafador! 
Plácido ¡Charlatán! 
Julia ¡Calma! ¡Calma! 

Luis (Saliendo, LAZARO ij la CONDESA por la 

segunda izquierda.) ¿Qué es eso? 
Lázaro ¡Qué voces! 
Julia ¡Plácido, por Dio,s! 

Condesa Pero ¿qué ocurre? 

Mascareil ¡Aquí don Plácido que se ha vuelto loco! Di- 
ce que nuestra «Tranquilina» es una tonte- 
ría, 

Luis ¡Qué barbaridad! 

Plácido ¡Sí, señores! ¡Una paparrucha! 

Condesa ¡Ay, calle usted, ¡por Dios! 

Mascareil ¡Un padre que desacredita a su propio hijo! 

Condesa ¡Paparrucha la «Tranquilina! ¡Diga usted lo 
que quiera, pero no hable mal de ese calman- 
te de misi nervios! 

Plácido Sí, señores. Es una mezcla sin importancia 
y este mercachifle un. explotador. 

Mascareil Le ruego que rectifique su opinión. 

Luis (Doctoral.) Señor Cortés. A mí no me enga- 

ña nadie. Si al principio estuve en contra de 
ese remedio, fueron escrúpulos dei profesio- 
nal ; luego los hechos me han convencido por . 
la práctica. 

Plácido Es una equivocación de usted. 



— 68 — 



Luis 

Plácido 

Julia 

Plácido 



Condesa 

Lázaro 

Julia 

Mascarell 
Lázaro 

Julia 



Julia 
Plácido 



Julia 

Plácido 

Julia 



Plácido 
Julia 



Plácido 
Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Juan 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 



El doctor don Luis del Olmo no puede equi- 
vocarse. 
¡Vanidoso! 
Cállate, Plácido. 

No quiero. Y juro hacer más ruido que toda 
vuestra propaganda para qule se convenzan 
de la verdad. Yo diré a todo el mundo: ¡No 
creáis en ese específico! Yo', su autor, digo 
que es una superchería! 
¡Qué locura! 

(A Julia.) ¿Qué hacemos? 
Dejadme con él, a ver si yo consigo que re- 
cobre la razón. 

¡Si se atreviese a hacér lo que dice!... 
Vengan ustedes... (A Julia.) Tú, procura lle- 
vártelo de aquí. 

Sí. Ya veo que está fuera de ambiente. (Se 
marchan todos por la primera derecha. Pau- 
sa. Quedan solos Julia y Plácido.) 
(Acercándose a él y acariciándole.) Ven acá... 
fiera... 

(Levantando la cabeza sorprendido.) Mejor; 
algo daría yo por ser un león o un tigre o un 
cocodrilo;. 

¡Una fiera con pelusa! 
¿Cómo? 

Sí, pelusa, porque lo que tú tienes es pelusa... 
como los chicos... no me mires de ese modo 
que míe das miedo. 
Habla. 

Reprochas la ceguedad, el egoísmo de los de- 
más y yo creo que el ciego... el egoísta eres 
tú. 
¿Yo? 

¿Otra vez la miradita de fiera? No la temo. . 
Acabo de leer claramente en tu alma, 
¿Y crees que no tengo razón para hacer lo 
que hago>? 

No quiero engañarte. 

Entonces... ¿qué debo hacer? 

Sigue el ejemplo de Lázaro. 

(Levantándose airado.) ¿El ejemplo de ese 

farsante? 

Farsante que ha duplicado su valía. 
A fuerza de embustes. 

O tal vez porque posee lo que tú has per- 
dido. La, confianza, en sí mismo. 
(Con ironía.) ¡Cómo le defiendes! 



— 68 — 



Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 
Plácido 



Julia 
Plácido 



Julia 



Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 

Julia 

Plácido 



Julia 

Plácido 
■ 

Julia 



¿Debemos reprocharle porque haya, creído lo 

que la gente dice? 

Sí... sí... ya te comp riendo... 

¿Qué quieres decir? 

Que acabas de quitarme mis últimas ilusio- 
nes, 

¿Yo? ¿Por qué? 

Porque alabas a un envanecido que todo lo 
sacrifica a su egoísmo... Porque admiras a 
un hombre que ha sido infiel a susi propias 
convicciones por vanagloria... Porque ha sido 
tan simple que ha creído por un momento... 
¡Déjame! ¡Vete! No me hagas hablar... Yo no 
soy nada para ti. 
(Casi llorando.) Eres un ingrato... 
¿Yo?... (Nervioso.) Niégame que siempre le 
has preferido!... que te ha sido más simpáti- 
co... más... más... 

¡Mi cariño ha sido siempre para los dos! Si 
yo hubiese confesado mi predilección por uno 
de vosotros, tú te hubieras alejado sin decir 
una palabra, calladamente, para no amargar 
nuestra felicidad... Pero Lázaro quizá hubie^ 
se hecho una Locura, por despecho. ¡Os co- 
nozco tan bien a los dos!... 
Pero... ahora... él es feliz... puede ser muy 
feliz con la Condesa... y yo... 
Tú también puedes serlo con otra... 
Que te crees tú eso». 

(Sin mirarle.) Me lo creo, y es lo que tiene 
que ser. 

Oye. ¿Cuándo has sabido sus relaciones con la 
Condesa? 

Hace un momento. 

Entonces... 

¿Qué? 

Aún debes llevar el retrato en tu medallón. 
(Sacándole del pecho.) Sí... Míralo. 
No me atrevo... 

(Sonriendo.) ¿Acaso temes encontrarte con 

el de otro hombre?... Mira... (Lo abre.) 

(Mira temeroso, luego fijamente y por ¡in, 

dando un grito cómico exclama.) ¡Eh!... Pe* 

ro... ese.... ese es... 

¡El único que ha tenido! 

(Cae desvanecido cómicamente sobre el puff.) 

¡Me muero, mi padre, mi padre! ¡Ella! ¡Yo! 

(Asustada.) Plácido, ¡por Dios! ¿Qué te pa 



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sa?... Plácido. (Llamando.) ¡Lázaro! ¡Don 
Luis! Condesa. 

(LAZARO, LUIS, CLOTILDE, CONDESA y 
MASCARELL por la primera derecha.) 

Todos ¿Qué es eso? 

Julia Miren ustedes. ¡Está sin sentido! 

Luis (Pulsando a Plácido.) Es una gran excitación 

nerviosa. 

Condesa Aquí tengo unas tabletas de «Tranquilinas. 

Clotilde Vengan. (Las prepara en un vaso y se las 
da a Plácido.) 

Julia No le den eso. Preferiría morir. 

Lázaro Que lo tome antes de que se dé cuenta 

Clotilde (Haciendo beber a Plácido.) Beba usted. 

Condesa ¿Pero qué ha sucedido? 

Julia Nada... Estábamos hablando y de pronto... 

Clotilde Ya, ya parece que se tranquiliza... 

Julia (Yendo hacia él.) Plácido. 

Plácido (Sonriéndola y abrazándola ) ¡Chiquilla! 

Luis ¡Es de un efecto inmediato! 

Mascarell ¡Fabuloso! 

Julia ¿Cómo te encuentras? 

Plácido (Abrazado a ella.) Divinamente 

Condesa Como que es un remedio insustituible. 

Plácido Sí. Es un remedio milagroso que me ha de- 
vuelto la tranquilidad. 

Mascarell Y ahora hable usted mal de la ((Tranquilina)). 

Plácido (Amenazador.) De la... 

Julia (Conteniéndole.) ¡Déjalos en su error! ¡En 

su charlatanería! Nosotros sabemos quién 
ha hecho el milagro. El que los hace todos... 
¡El cariño!— ( Te lón.) 



FIN DE LA COMEDIA 



OBRAS DE ANTONIO PASO 



La candelada, zarzuela en un acto. 
El señor Pérez, ídem id. 
El niño de Jerez, ídem id. 
El gran Visir, ídem id. 
La casa de las comadres, ídem id 
Los diablos rojos, ídem id. 
Todo está muy malo, diálogo. 
Las escopetas, zarzuela en un acto 
La zíngara, ídem id. 
La marcha de Cddiz, ídem id. 
El padre Benito, ídem id. 
Sombras chinescas, revista lírica en un acto 
Los cocineros, saínete lírico en un acto. 
Los rancheros, zarzuela en un acto. 
Historia natural, revista lírica en un acto. 
El ¡in de Bocambole, zarzuela en un acto. 
Las figuras de cera, ídem id. 
Alta mar, juguete cómico en un acto. 
Churro Bragas, parodia de «Curro Vargas». 
Concurso universal, revista lírica en un acto. 
Los presupuestos de Villapierde, revista política en uu 
acto. 

La alegría de la huerta, zarzuela en un acto 

El Missisipí, ídem id. 

La luna de miel, ídem id. 

Las venecianas, ídem id. 

Los niños llorones, saínete lírico en un acto. 

El bateo, ídem id. 

El respetable público, revista lírica en un acto. 

La corría de toros, saínete lírico en un acto. 

El sólo de trompa, zarzuela en un acto. 

El cabo López, ídem id. 

La Virgen de la Luz, ídem id. 

El pelotón de los torpes, ídem id 

El picaro mundo, ídem id 

El trébol, ídem id. 

El aire, juguete cómicoi en un acto. 

La torería^ zarzuela en un acto. 



Gloria pura, ídem id. 

La misa de doce, entremés lírico. 

¡Hule!, ídem id. 

Frou-Frou, humorada lírica en un acto. 

La mulata, zarzuela en tres actos. 

La reina del couplet, ídem en un acto. 

El ilustre Recóchez, ídem id. 

El aire, ídem id. 

El rey del valor, ídem id. 

El arte de ser bonita, humorada lírica en un acto. 
La taza de té, caricatura japonesa en un acto. 
Los mosqueteros, zarzuela en un acta 
La loba, ídem id. 
La hostería del laurel, ídem id. 
La marcha real, zarzuela en tres actos. 
La alegre trompetería, humorada en un acto. 
Tenorio feminista, parodia líriccfmujeriega. 
El quinto pelao, zarzuela en tres actos. 
Los ofos negros, ídem en un acto. 
Mayo florido, sainete lírico en un acto. 
La república del amor, humorada lírica en un acto. 
La tribu gitana, zarzuela en 'un acto. 
El gran tacaño, comedia en tres actos. 
Los hombres alegres, sainete lírico en un acto. 
Los perros de presa, viaje en cuatro actos. 
El paraíso, comedia en dos actos. 
¡Mea culpa!, disgusto lírico original y en prosa. 
Genio y figura, comedia en tres actos. 
La partida de la porra, sainete lírico en un acto. 
La mar miada, comedia en dos actos. 
La alegría de vivir, ídem en cuatro actos. 
Los viajes de Gulliver, zarzuela cómica en tres actos. 
La divina providencia, juguete cómico en tres actos. 
La gallina de los huevos de oro, comedia de magia en 
dos actos. 

El verbo amar, opereta en un acto, dividido en un pró- 
logo y dos cuadros. 
Bald.omero Pachón, imitación cómico-lírica-satírica en dos 

actos. 

Pasta flora, comedia en tres actos. 

El debut de la chica, monólogo en prosa, 

El orgullo de Albacete, juguete cómico en tres actos. 

La pata de gallo, monólogo cómico en prosa. 

El potro salvaje, zarzuela cómica en un acto. 

La corte de Risalia, zarzuela en dos actos. 

El dichoso verano, fantasía lírica en un acto. 

España Nueva, profecía cómico-lírica en un acto. 

El cabeza de familia, melodrama cómico en tres actos. 



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La Piqueta, juguete cómico en tres actos. 
El tren rápido, ídem id. id. 
Los vecinos, entremés en prosa. 
Mi querido Pepe, juguete cómico en dos actos. 
Sierra Morena, boceto de sainete, original y en prosa 
Las alegres colegialas, zarzuela en un acto. 
El velón de Lucena, magia en cuatro actos. 
La bendición de Dios, sainete en dos actos. 
El Infierno, comedia en tres actos. 
El asombro de Damasco, zarzuela en dos actos. 
El río de oro, viaje cómico en dos actos. 
El viaje del rey, juguete cómico en tres actos. 
La gentil Mariana, juguete cómico en dos actos. 
Nieves de la Sierra, comedia en tres actos 
El Rey del Tabaco, melodrama en tres actos y un pró- 
logo. 

El niño judío, zarzuela en dos actos, divididos en cuatro 
cuadros. 

Los cien mil hijos de San Luis, juguete cómico en tres 
actos. 

Juanito y su novia, diablura cómico-lírica en dos actos, 

divididos en seis cuadros. 
Muñecos de trapo, farsa cómico-lírica en dos actos. 
Pancho Virondo, comedia en dos actos. 
La Garduña, zarzuela en dos actos, el segundo dividido 

en tres cuadros. 
Las aventuras de Colón, humorada lírica en dos actos, 

divididos en seis cuadros. 
El padre de la Patria, juguete cómico en tres actos. 
El pobre Rico, juguete cómico en dos actos. 
Guitarras y bandurrias, sainete lírico en dos actos. 
Los baños de sol, comedia en tres actos. 
La caída de la tarde, fantasía cómico-lírica en un acto, 

dividido en tres cuadros. 
El portal de Belén, entremés. 
¡¡Tío de mi vida!!, juguete cómico en tres actos. 
¡No te cases, que peligras!, sainete lírico en un acto y 

tres cuadros. 

Ojo por ojo, humorada lírica en un acto, dividido en tres 
cuadros y un radiograma de madrugada. 

Melchor, Gaspar y Baltasar, juguete cómico en tres 
actos 

Batacldn, escenas de la vida de un payaso, en tres 
actos. 

La guillotina, zarzuela en dos actos. 
Nuestra novia, comedia en tres actos. 



Precio: CUATRO pesetas